Y las alamedas se abrieron

13 de Noviembre de 2013 | 

Ocean Sur se despide de la 33ª Feria Internacional del Libro de Santiago de Chile

Por Juan Jorge Faundes


El asombro era la expresión más frecuente que observábamos desde el interior del stand cuando las personas ingresaban a la Feria Internacional del Libro de Santiago, en el centro cultural Estación Mapocho, y se encontraban como primera imagen del evento con afiches de Salvador Allende y el Che y títulos como La Guerra de Guerrillas,  El Diario del Che en Bolivia, La revolución y la contrarrevolución en el Chile de Allende, La Revolución Cubana, Marx y Engels, Fidel Castro, entre muchos otros semejantes.  Era inevitable no volver a escuchar al presidente Allende en su despacho con el casco puesto, el fusil bajo el brazo y en la mano el teléfono que lo comunicaba con Radio Magallanes, pronunciando con el metal tranquilo de su voz las frases finales de su último discurso: “tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano”.  Éramos el stand A-1, el primero con el que los visitantes se encontraban al cruzar la boletería. Nunca se había visto tal en las 32 ferias anteriores.  Y Allende estaba allí.

 

Asombro, e incredulidad.  Como si el golpe cívico-militar de Pinochet hubiera sido una pesadilla de la que se despierta de súbito. Era como si la editorial Quimantú, que desde el Estado publicó millones de libros en formatos de bolsillo y con precios populares, jamás hubiese sido aplastada por los tanques ni privatizadas sus instalaciones. Era como si ese tropel de carabineros, milicos y agentes de civil que ingresaba a patadas y culatazos en las casas dirigiéndose derecho a las bibliotecas y buscando libros prohibidos en sótanos, patios y entretechos para luego hacer piras gigantes en las esquinas, y llevarse detenidos a sus tenedores, hubiera sido sólo una fantasía onírica. Muchos leían y repetían, sobre el mesón del stand, como si fuese una profecía, o una oración, la frase inscrita en el afiche de Allende: “La historia es nuestra y la hacen los pueblos.”  Y al ver a esas personas, la mayoría estudiantes, profesores, oficinistas, jubilados y asalariados venidos de barrios de clase media y de poblaciones periféricas, que arrasaban con nuestras ofertas de folletos y libros a precios rebajados, no podía sino recordar aquellas otras palabras del héroe Presidente: “…tengan la certeza de que la semilla que entregamos a la conciencia de miles y miles de chilenos no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza…”  La semilla ya había brotado.  Y allí estaba sonriendo y cantando, primaveral, desde nuestras estanterías. Las alamedas al fin se abrieron, pensé; las alamedas se abrieron. Y están aquí, trocadas en afiches, postales, libros y folletos.

 

Frases al pasar: “se lo voy a regalar a mi hijo a ver si despierta” (ante el libro de la ex líder estudiantil y ahora candidata a diputada por el Partido Comunista, Camila Vallejo). “¿Qué hago, los compro? ¿Y se me los vuelven a quemar?” (un papá a su hijo ya adulto). “Tendré que venir de civil a comprarlo” (un uniformado, un día cualquiera, hojeando con disimulo un libro de Lenin). Era frecuente comprar afiches o libros “para regalárselo a mi abuela”.  Había preguntas despistadas: “¿Tiene algo relacionado con motos?” y respuestas ad hoc: “Sí, Diarios de Motocicleta”. O de alguien que pretendía ser chistoso: “¿Tiene libros sobre Hitler?” “Sí”, extendiéndole El Nazismo. Una dama encopetada, alta y de cogote estirado pasó diciendo en voz alta: “Con estas frases le hacen lavado cerebral a la gallá”.

 

Dos fueron las categorías de compradores principales, los mayores de cincuenta años, emotivos, nostálgicos “del Chicho”, o de “don Chicho”, como coloquialmente se le decía al Presidente Allende, o nostálgicos del Che. Algunos querían recuperar libros quemados o requisados en dictadura. Otros, volver a emocionarse con recuerdos e imágenes. De algún modo recuperar la confianza y la fe en el pensamiento de izquierda. Sentí por momentos en esas miradas y sonrisas una actitud semejante a la atmósfera posterior al plebiscito cuando ganó el No a Pinochet. La otra categoría eran los de 30 y menos. A todas vistas interesados en estudiar el marxismo y la teoría y práctica revolucionarias: Marx y Engels, textos escogidos, Aproximaciones al marxismo, Mujeres y hombres de la nueva época, Con sangre en las venas,  De la resistencia al Poder Popular, Bolivia en tiempos de Evo, Historia del debate: ¿Reforma o Revolución?, así como libros y folletos relacionados con clases y movimientos sociales. Jesucristo el Revolucionario, fue también uno de los más adquiridos por los jóvenes.

 

Cuento aparte fue Roque Dalton, el conversatorio, las camisetas, sus libros, en particular Historias y poemas de una lucha de clases y Taberna y otros lugares, apetecidos por ambos grupos de personas. Y lo que debe haber divertido mucho a Roque, fue una lectura de Tarot, de urgencia, utilizando como mazo precisamente Historias y poemas de una lucha de clases. Un amigo necesitaba unas respuestas ya. Miré en todas direcciones. ¿Cuál de todos estos libros me podría servir de oráculo? Y de pronto quedé con la vista fija el citado libro de Roque. Este, dije a mi amigo, será el mazo. No entendía nada. Traté de explicarle aquello de Jung, los arquetipos, la sincronicidad, etc.  Y lo que cierta vez me dijo el I Ching: “Puede cambiarse de ciudad, mas no puede cambiarse de pozo.” O sea, la fuente de información, el pozo, es siempre el mismo, independiente del instrumento. La consulta fue un éxito.

 

En síntesis, dieciocho días intensos (entre el 24 de octubre y el 10 de noviembre, ambos incluidos) en los que también floreció la amistad entre el autobautizado “Che”, que atendía un stand de la Universidad de Chile, quien me proclamó “Don Fidelito”,  y nominó  “Roque” al más joven de los tres, que atendía el stand de la Universidad del BíoBío. Una fotografía el último día, y el correspondiente intercambio de trofeos, selló este encuentro.

 

Desde el punto de vista institucional, Ocean Sur quedó instalada en el imaginario del público lector y librerías como una promotora del pensamiento crítico revolucionario latinoamericano. Y también en el imaginario virtual gracias a los ángeles y arcángeles de la Web y el Facebook que desde La Habana y Santiago de Chile animaron esta fiesta de la cultura que demostró que en Chile si los libros se ponen al alcance del bolsillo de las personas, se lee.  Y hubo consenso en debates y conversaciones sobre que el impuesto al valor agregado (IVA) que afecta al libro como si fuera una mercancía cualquiera debe ser definitivamente abolido. Tarea para Bachelet si, como anticipan las encuestas, gana las elecciones este domingo 17.



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