“Colombia es un laboratorio de experimentación, en el que se entrecruzan las viejas y nuevas formas de dominación imperialista”

28 de Abril de 2014 | 

Palabras introductorias al libro "Colombia y el imperialismo contemporáneo", a presentarse en la Feria Internacional del Libro de Bogotá el próximo viernes 2 de mayo de 2014, en la Sala María Mercedes Carranza, en el horario comprendido entre las 5:45 p.m. y las 6:45 p.m.

Por Renán Vega Cantor


En los últimos años se acuñó la denominación del Israel de Sudamérica para referirse al papel que el Estado colombiano viene desempeñando como peón de brega de los Estados Unidos en su tradicional «patio trasero», como todavía los voceros más fran­cos del imperialismo del norte se refieren a los territorios que se encuentran al sur del Río Bravo. Dicho apelativo no es exagerado, si se tiene en cuenta que el Estado y las clases dominantes de Colombia han dado muestras de una vergonzosa sumisión ante sus amos de Washington, como se ha rubricado con numerosos hechos en la última década, entre los cuales pueden recordarse los más notables por su grado de abyección: la aprobación y puesta en marcha del Plan Colombia —una estrategia contrainsurgente que financia y dirige en forma directa el Pentágono—; la adopción incondicional de la «guerra contra el terrorismo» de George Bush por parte del uribismo y del santismo; el crecimiento y rearme de las Fuerzas Armadas del país, hasta el punto que son unas de las más grandes y peligrosas del continente; el ataque artero al Ecuador, donde fueron asesinadas veintiséis personas el primer día de marzo de 2008, en una maniobra en la que participaron Israel y los Esta­dos Unidos; la aprobación de leoninos Tratados de Libre Comercio, siendo el más publicitado el que se firmó con el gobierno de Barack Obama; la implantación en nuestro territorio de unas quince bases militares de los Estados Unidos —aunque oficialmente se hable de siete en el «acuerdo militar» de octubre de 2009—; la conver­sión de este país en una de los epicentros de la guerra de «cuarta generación» que el imperialismo libra contra la República Boliva­riana de Venezuela; el saboteo permanente por parte del régimen a cualquier proyecto de integración autónomo e independiente que se intente poner en marcha en Latinoamérica, como se ratifica con la formación de la «Alianza del Pacífico», un verdadero caballo de Troya imperial, con la clara intención de dinamitar el ALBA, Mer­cosur y UNASUR.

 

Todos estos hechos que la propaganda oficial en los medios de comunicación y en la mayor parte de la academia suelen presen­tar como asuntos irreversibles que dicta la manida «globalización» —una supuesta nueva época que nos beneficiaría a todos por igual y una noción que se emplea en forma abusiva cuando no se puede o no se quiere explicar algún fenómeno social— son una demos­tración palpable de que el imperialismo existe, aunque el concepto haya sido desterrado del ámbito de las ciencias sociales. Y, en ese sentido, Colombia es un laboratorio de experimentación, en el que se entrecruzan las viejas y nuevas formas de dominación imperia­lista, en donde se entrelazan los intereses de los Estados capitalis­tas centrales —a la cabeza de los cuales se encuentran los Estados Unidos—, y sus aparatos militares con los del capital financiero y las empresas multinacionales. En esas circunstancias, el ejemplo de Colombia indica la importancia de retomar la categoría de imperia­lismo como una imprescindible forma de análisis histórico y social, para desentrañar los mecanismos de expansión del capitalismo en la actualidad.

 

En Colombia y América Latina el imperialismo contemporáneo impulsa procesos de recolonización, que se inscriben en la órbita de la acumulación por desposesión, a la que el geógrafo marxista David Harvey considera como una característica central de lo que él denomina Nuevo Imperialismo. Entre los mecanismos de esa acumulación por desposesión vale destacar la mercantilización de todos los bienes comunes, entre ellos el agua, la biodiversidad, los bosques y los saberes ancestrales de los pueblos indígenas, lo que está ligado al renacer de la extracción minera y el resurgir de las economías primarias de tipo exportador, lo cual a su vez se articula con la desindustrialización, el despojo territorial, la expropiación de indígenas, afros y campesinos, y la militarización de la vida cotidiana. Todo esto, además, asegura el flujo de materia y energía hacia los centros imperialistas, con el fin de mantener la acumula­ción de capital, que perpetué sus niveles de producción y consumo.

 

El concepto de acumulación por desposesión permite vincu­lar en forma coherente la dependencia —otra noción archivada que se debe reactualizar— de la periferia con respecto a los Esta­dos capitalistas centrales y sus empresas multinacionales, a la par con la articulación estrecha entre los poderes hegemónicos a nivel mundial y sus súbditos locales, que se convierten en la «correa de transmisión» endógena de los intereses imperialistas. Con este pre­supuesto, queda claro que la dominación internacional no puede funcionar solamente como imposición externa —que sería lo propio del colonialismo clásico— sino que necesita de los cipayos locales que en cada país encarnan esos intereses imperialistas y se benefi­cian de esa alianza. Visto así el asunto, adquiere sentido la noción de «colonialismo interno» para expresar la manera como las clases dominantes de una determinada formación social reproducen en un territorio particular las lógicas generales del sistema mundo capi­talista. Este colonialismo interno, además, explica las razones por las cuales en el caso de Colombia, el Estado y las clases dominantes —ahora reforzadas con los sectores emergentes ligados a la acumu­lación de capital mafioso— se lucran con la entrega incondicional del territorio nacional y de sus bienes comunes al imperialismo estadounidense y a las empresas transnacionales. Con ello obtienen unas cuantas migajas, que les permiten preservar una estructura social y económica profundamente injusta y desigual, la cual solo puede perdurar a largo plazo con el uso desmedido de la violencia.

 

Estos son algunos de los aspectos que tratamos en forma sin­tética en este libro, que se ocupa prioritariamente de Colombia. Ahora bien, como el imperialismo no se reduce a este o aquel país, sino que constituye una constelación mundial, el entendimiento de lo que sucede en Colombia rebasa la realidad puramente nacio­nal, y obliga a considerar otros aspectos de la situación de América Latina, e incluso más allá, en la medida en que los Estados Unidos libran una guerra por el control de recursos y energía, cuyo escena­rio de batalla es el planeta entero.

 

Para finalizar, agradecemos a Jairo Estrada Álvarez por haber­nos invitado a escribir este libro, que esperamos pueda ser de uti­lidad para aquellas personas que en nuestro continente enfrentan al capitalismo y, a partir de su propia lucha, reflexionan sobre lo que sucede en Colombia, como laboratorio de experimentación del nuevo orden imperialista, con todas sus secuelas de miseria y dolor.

Renán Vega Cantor

Bogotá, 29 de julio de 2013

 



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