Sobre «Antropología, etnomarxismo y compromiso social de los antropólogos», libro de Gilberto López y Rivas

Palabra pertinente

9 de Marzo de 2010 | 

A propósito del libro Antropología, etnomarxismo y compromiso social de los antropólogos (Ocean Sur 2010), de Gilberto López y Rivas


por Paul Hersch Martínez, profesor investigador del Centro INAH-Morelos

Ante los graves momentos por los que atraviesa actualmente nuestro país, donde la trama misma de la sociedad se encuentra sometida a crecientes presiones económicas y políticas, el llamado a la reflexión respecto al papel de las ciencias sociales y las humanidades y al compromiso de quienes a ellas se dedican en México y en América Latina resulta sin duda pertinente. De ese llamado se ocupan los cuatro ensayos que componen la obra Antropología, etnomarxismo y compromiso social de los antropólogos (Editorial Ocean Sur, 2010), del profesor e investigador del INAH en Morelos, Gilberto López y Rivas.

Hoy, antes de una estancia de trabajo de campo, tal vez más que nunca en los últimos años, el investigador ha de preguntarse por los medios y las condiciones para realizarla. De entrada, por las condiciones laborales de los participantes, cuando la planta de trabajadores académicos se encuentra estancada a pesar de la relevancia creciente de su trabajo, o por los recursos asignados a su tarea, valorada poco en algunos círculos gubernamentales, sino incluso por las condiciones mismas de seguridad, pues como bien reconocen algunos funcionarios, hay regiones enteras del país donde no solo es desaconsejable llevar a cabo indagaciones entre la población, sino hasta transitar. Digámoslo de manera extrema pero no del todo disparatada: nadie quiere hoy tropezarse con una hielera que contenga un par de cabezas cercenadas.

Los momentos de prueba constituyen, para individuos y colectividades, oportunidades de definición que ponen de relieve sus características esenciales. Esa premisa vale a su vez para las entidades académicas y universitarias y sus actores sociales, y es que, ante los embates indiscutibles de la inseguridad, los índices de pobreza en aumento y la incertidumbre laboral; ante la desinformación sistemática proyectada por unos medios de comunicación que a menudo operan como medios de soporización, o ante los graves apremios ambientales, ¿de qué sirven hoy al país esas instituciones académicas? ¿Cómo podemos responder, desde ellas, desde el ámbito interno de cada individuo y desde su desempeño cotidiano ante los retos del México actual?

No se ocupa López y Rivas de una mera disquisición ideológica o de presentar un discurso moralizante, sino de clarificar procesos desde un ejercicio de ubicación espacial y temporal. Porque al fin y al cabo se trata de una ubicación, de colocar en contexto un ejercicio profesional, de propiciar una reflexión necesaria. La lectura de los cuatro ensayos contenidos en el libro pone de manifiesto, para empezar, que el tema de la responsabilidad social de los antropólogos en particular y de los profesionistas en general, aun siendo de gran actualidad, no es un tema nuevo en México, pues tiene una dimensión histórica que el autor proporciona. La pregunta por la pertinencia de las ciencias sociales y las humanidades y por la responsabilidad política de quienes se dedican a ellas ha sido formulada antes en nuestro país, y su respuesta ha sido explorada previamente con lucidez, pero la historia de nuestras disciplinas, o buena parte de su historia reciente es poco conocida incluso entre profesionales graduados.

Una ciencia social que no se pregunta por su propia pertinencia social y que tampoco parte del referente de su propia historia, constituye una contradicción. Y en ese sentido, López y Rivas alude centralmente en su primer ensayo a un texto que sin duda sigue siendo de gran actualidad: el documento fundacional del Consejo Latinoamericano de Apoyo a las Luchas Indígenas (CLALI), generado en 1984, hoy de aconsejable lectura, porque contextualiza la realidad etnográfica y la reflexión sobre la diversidad cultural en el marco de una realidad social más amplia.

El origen colonial de la antropología y el reto de abandonar la mera propensión a inventariar al otro y sus costumbres —en nuestro caso, a menudo al indígena y su mundo—, el reto de trascender la explicable fascinación hacia lo exótico, el desafío de superar el folclorismo para reconocer la dinámica social de los seres humanos y sus colectividades, son tendencias que han sido descritas y analizadas, pero no han sido del todo superadas. El racismo y la exclusión que éste conlleva continúan en nuestra sociedad, aunque se les presente a veces con un ropaje de “tolerancia” o condescendencia. De ahí la necesidad de preguntarse por el impacto de la disciplina justamente en las realidades sociales y en los conjuntos de población de las que se ocupa.

Pero además, la inclusión progresiva de nuevos temas y problemas de estudio, de nuevos derroteros de indagación en la antropología, demanda hoy miradas y métodos que —lejos de tomar a los procesos como cosas o de descontextualizar las temáticas—, hagan un esfuerzo por incorporar de manera concreta, en los protocolos mismos de investigación, los rubros de reciprocidad y de pertinencia social de las investigaciones, y el sentido de éstas como aportadoras de insumos para las políticas públicas. Hoy sigue siendo pertinente investigar, tomar el tiempo de otras personas y el propio, pero para con ello ocuparse de los grandes problemas de las colectividades y los individuos y así explorar y fundamentar recomendaciones, ante la grave crisis que hoy constatamos, relativa a la toma inconsciente de decisiones políticas que resultan a menudo cuestionables desde el interés de las poblaciones, decisiones que afectan a esas colectividades y a los individuos que las componen.
 
Y es que las políticas públicas demandan información de calidad, y a su vez, orientación de calidad. Han sido ya muchos años de delegar decisiones fundamentales que afectan a nuestra sociedad, a diverso nivel, en sujetos y grupos de poder carentes no sólo de sensibilidad social y de criterio, sino de información objetiva. Y en este entorno, es preciso estar en guardia permanente ante la perspectiva de una academia que vive mirándose el ombligo, encerrada en el laberinto de las prioridades puestas en las trayectorias personales y que discurre en circuitos ajenos a los problemas cotidianos de la población. Por ello, el texto que comentamos resulta pertinente.
 
La crisis que estamos atravesando es en parte una crisis severa en la calidad de las políticas públicas, carentes del concurso de unas ciencias sociales y de unas humanidades integradas a la política. Problemas de relevancia colectiva pero que se expresan concretamente en la vida de los individuos, problemas de índole laboral, ambiental, educativa o sanitaria, no siempre se abordan con el método y la rigurosidad que ameritan, ni su análisis riguroso, cuando lo hay, nutre los movimientos sociales y los procesos de toma de decisiones. Estos problemas son materia prioritaria de atención y sin embargo, a menudo, se soslayan porque remiten a condiciones estructurales: que nacen de un entramado, del esqueleto que no se puede ver, pero que mantiene la forma de las cosas tal como son.

La articulación entre las investigaciones generadas por las instituciones académicas y las políticas públicas es aún, en muchos casos, solamente una buena idea. Las instituciones académicas velan poco por hacer valer sus productos más allá de su propio circuito, y sin embargo, la elección misma de temas y problemas de investigación, incluidas las investigaciones que son parte de la formación universitaria, sin duda ha de enriquecerse al expandirse el sentido social del trabajo académico, que mucho tiene que aportar hoy a nuestro país.

Hoy es preciso proveerse de las preguntas oportunas y esenciales que son el nodo mismo de la producción del investigador. Preguntarnos con tino es nuestra responsabilidad. Y en la formulación de las preguntas interviene no una motivación ideológica que puede ser inconsciente, ni sólo una determinada convicción política, sino una sensibilidad social. Con otras palabras, López y Rivas conmina con su libro a salir del circuito cerrado y autocomplaciente de una ciencia social limitada e intrascendente, ocupada de sí misma, pero no de su impacto ante los graves temas y problemas actuales del país, de América Latina y del mundo todo.

Un elemento general de la obra es el ejercicio de memoria y a su vez el rescate del etnomarxismo, del cual poco se habla en nuestros días, a pesar de su pertinencia actual. Otro elemento a resaltar del texto es la actualización que brinda respecto al papel de la antropología en un marco actual de transnacionalización globalizadora, donde, a pesar de los discursos de globalización y apertura, unos son los globalizadores y otros los globalizados, y una es la globalización del capital y otra, la falta de globalización real de las oportunidades básicas para todo el mundo. Esto es, la globalización del trabajo digno, la globalización de la justicia, o la globalización de las oportunidades educativas y lúdicas de calidad. Y es que los grandes cambios habidos en los dos últimos decenios han generado una constelación de situaciones que deben de ser abordadas por las ciencias sociales de una manera crítica y a su vez propositiva.

Estimulante a diversos niveles, la obra de López y Rivas orilla a explorar con detenimiento varias de sus fuentes, empezando por el citado documento fundacional del Consejo Latinoamericano de Apoyo a las Luchas Indígenas (CLALI). Destaca el autor las aportaciones del etnomarxismo en su crítica al marxismo reduccionista, vinculado con el pensamiento gramsciano que desde el propio marxismo y muchos años antes de que se acuñara el término de etnomarxismo, planteó la dinámica entre culturas a partir de su propia condición de italiano proveniente de un territorio periférico de Italia, la isla de Cerdeña.

Uno de los aspectos centrales que es preciso resaltar en la obra de López y Rivas es la atinada crítica hecha hace ya más de un cuarto de siglo, a una perspectiva que no ha sido superada, que es la visión de las etnias como independientes de los procesos clasistas, desconexión que hoy vemos evidente en muchas de las iniciativas que se ocupan, por ejemplo, de la interculturalidad, y recurren a dicho término soslayando el conflicto social, económico y político que enmarca las relaciones interétnicas, situación hoy evidente en el campo de las iniciativas de reconocimiento y valoración de la etnomedicina y de la denominada “medicina tradicional”, que ponen el énfasis en un eje de modernidad-tradición sin reparar en las tensiones sociales inherentes a los mecanismos de innovación y de herencia que se manejan como si lo étnico se encontrase al margen de la dinámica de clases; dicho de otra forma, en énfasis en la dinámica de la diversidad cultural sin considerar la creciente desigualdad social imperante, pues reconocerla implica entrar al campo de las condiciones estructurales subyacentes, las cuales rebasan la dinámica étnica, pero la enmarcan.

A su vez, resulta atinada la reflexión del autor al subrayar la estratégica recuperación del pasado, de la memoria histórica, que adquiere sentido y eficacia política en cuanto se relaciona con un presente insatisfactorio, injusto y opresivo. Esta observación, que da pie a reconocer que la dimensión histórica de los procesos forma parte ineludible de la investigación antropológica, se enlaza con el hecho ya puesto en relieve, de que lo étnico no es independiente, incompatible ni antitético con lo clasista.

No es menos necesario reconocer, como lo hace la obra, que la solución de la problemática étnica requiere de la acción política de los indígenas y no la aplicación de políticas indigenistas: en ese sentido, para derivar eso en una temática concreta, por ejemplo, la solución de los retos que implica la etnomedicina y la etnobotánica demanda la participación de los actores sociales implicados en los temas y problemas que ocupan a esas disciplinas, y no, como se plantea a veces de manera simplista, el establecimiento de políticas de reivindicación étnica sin el concurso político de los supuestos “reivindicados”. Si lo étnico no sólo es compatible sino dependiente de los procesos de clase, es evidente que lo etnomédico es compatible y además dependiente de esos procesos de clase determinantes en el campo de la salud y la enfermedad.

El texto permite una lectura equilibrada que implica no soslayar la dimensión de clase ni soslayar la dimensión étnico-cultural, ya presente en los aportes gramscianos de su momento: sin duda, como se afirma en el trabajo, “en el desarrollo de la nación moderna, los sujetos actuantes no son sólo los constituidos por las clases sociales sino también, dentro de las mismas, los agrupados en torno a las identidades de diversa naturaleza, como las etnias, los grupos de edad, el género y otros”.

Cabe señalar finalmente que el texto de López y Rivas, de lectura accesible, y de fundamentada documentación, es una obra que debe ser leída por todo estudiante de ciencias sociales y por todo joven antropólogo, para que pondere la dimensión trascendente de la disciplina en la que se está metiendo y para que se pregunte acerca de su propia responsabilidad respecto a los grandes problemas actuales.
 
Publicado originalmente en El Tlacuache – La Jornada Morelos,
número 406, (7 de marzo de 2010)


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