«Nunca entenderán por qué el pensamiento del Che se arraigará en el mundo como trigo maduro en tierra fértil»

9 de Octubre de 2013 | 

A 46 años del asesinato de Ernesto Guevara, compartimos el prefacio de Camilo Guevara March a El Diario del Che en Bolivia (Ocean Sur, 2006)


Por CAMILO GUEVARA MARCH

 

Confiscada por los militares bolivianos, en la última hoja de una agenda verde, con fecha 7 de octubre de 1967, apenas se puede leer por la difícil caligrafía de su autor: «Se cumplieron los 11 meses de nuestra inauguración guerrillera sin complicaciones, bucólicamente […]». Estas palabras no parecen de ningún modo el epílogo de la epopeya heroica que se describe en este Diario, no se percibe ni el más mínimo dejo de desánimo, de pesimismo, de derrota; por el contrario, parece un principio, el prólogo.


Santa Cruz, Bolivia, 1967


I 

 

Casi un año de intensa contienda ha pasado; recientemente, por una delación, ha caído en una emboscada en Vado del Yeso el grupo de Joaquín; el cerco sobre la tropa del Che se cierra cada vez más y deciden abandonar la zona en busca de otra apropiada, donde logren desarrollar con eficacia las operaciones que permitan consolidar la lucha guerrillera. Comienza la tarde del 8 de octubre, avanzan los soldados y el combate se hace inminente.

 

Es trasladado hacia el precario recinto escolar de La Higuera un prisionero herido, ensimismado y casi sin aliento, apenas puede caminar erguido, enfrenta el peso que conspira contra la rectitud de sus hombros, el peso que acumula de los últimos meses, minado de calamidades, de enfermedades, de la muerte de amigos y compañeros, de la infidencia de otros supuestos, de la nada envidiada responsabilidad que tiene sobre vidas ajenas y cercanas, de las añoranzas por sus seres queridos. La carga sobre sus huesos se iguala a la suma de las fuerzas telúricas y, sin embargo, ahí están sin menguar, rectos, hirsutos, armados de convicciones, preparados para un próximo combate.

 

Más tarde, atado y recostado a la pared de adobe, en espera del veredicto que conoce de antemano, observa en silencio el deambular de los jefes esbirros a cargo de su custodia. Algunos más prepotentes que otros, como todo sicario en canto precoz de victoria, intentan esporádicamente vejar a quien consideran la víctima, pero el respeto que inspira y la fuerza que emite su pétrea mirada, esa que acostumbra a calar profundamente en todos, frena el ímpetu a la cobardía, que inmediatamente se convierte en confusión.


Ante ellos se encuentra una tremenda disyuntiva, por una parte tienen en sus manos a uno de los revolucionarios más prominentes que hayan conocido, quien puede convertirse en una prueba viviente de una supuesta agresión extranjera o de un macabro plan del comunismo para apoderarse del mundo; por la otra, un acusador pertinaz, hombre virtuoso y de argumento sólido, capaz de transformar cualquier tribunal en tribuna. Incluso, sin importar el resultado de un pretendido juicio legal, este se convertiría en un peligroso juego político con un final incierto.


El Ejército de Liberación Nacional de Bolivia se ha dado a conocer, ha realizado múltiples acciones casi siempre con éxito, sin que lo haya podido impedir nadie; ni la opinión pública nacional ni el mundo han estado ajenos a los acontecimientos. Se respira un aire de simpatía por doquier, aun cuando ciertamente, no se haya reportado la incorporación masiva de las fuerzas que debieran integrarse.


Los hechos acaecidos en el trascurso de estos meses, han dado un enorme reconocimiento a la guerrilla, se ha preparado el terreno para que en relativo corto plazo se comiencen a recibir los frutos esperados. Por tanto, este es un momento muy delicado para el statu quo, los interesados en mantenerlo deben intuirlo y preconizan despiadadamente un fin.


Resulta paradójico hacer de una escuela una cárcel, pero es sencillamente inútil, si no torpe y criminal, el pretender matar las ideas con un fusilamiento, allí donde se supone que fecun­den. Se respira un aire de venganza, es el tipo de actitud que encarnan aquellos que invariablemente defienden sus «causas» con métodos nada edificantes y sutiles.

 

En los breves momentos de quietud, forcejeando un poco contra sus amarras para aliviar el entumecimiento de los miembros, se despide de sus recuerdos, acompañado de su esposa, rodeado de sus hijos, sus familiares, de los amigos y compañeros más próximos, de su Argentina, de su Cuba, del mundo y de Fidel. Se preocupa por la suerte de los que lograron salir vivos del enfrentamiento, piensa…

 

Seguramente alguien se felicitó o fue felicitado por darle tal «gloria» al Ejército boliviano. La captura del Comandante Guevara es oxígeno puro para la poca vitalidad y el ausente prestigio del régimen, al menos eso se figuran; sin embargo, al final, se obtendrá lo contrario y a la vez convertirán en pasión el respeto y admiración que se le tiene ya al Che, y en conciencia y voluntad de lucha, su historia y obra. Cómo pretender apresar un espíritu de futuro en el pasado, cómo pueden creer que poseen la fuerza para confinar el ejemplo. Con la pierna sangrante, inutilizado su fusil y sin más parque, pudieron alcanzar al hombre aquel día, pero solamente porque era mucho hombre y revolucionario íntegro, hasta el tuétano, de esa especie que solo es movida por sentimientos de amor.

 

Quién duda de su inteligencia y de sus conocimientos estratégicos y tácticos, de su experiencia de guerrillero, de su capacidad para romper el cerco; prefirió, porque lo exigen las circunstancias y así debió ser, estar junto a los que no podían valerse por sí mismos y ello fue lo que dificultó su retirada. Hacía tiempo que debió haber salido de Santa Cruz, sin embargo decidió esperar, continuar la búsqueda y no abandonar la tropa de Joaquín. Fueron días preciosos que corrieron, que nunca consideró perdidos. Pudo y debió dejar que el Pelao y el Francés, ese que después lo satanizara, salieran por sus medios a la ciudad, donde emprenderían determinadas tareas, no obstante, los acompañó en persona hasta un lugar que considera racionalmente seguro.

 

Este es un hombre tan intenso y pleno que no cabe en la estrechez de criterios de quienes lo juzgan. Sí, para qué negarlo, hay quienes le temen y lo critican, digamos, por ejemplo, los inclaudicables revolucionarios de sobremesas, los burócratas, los cobardes, como es natural, el deshonesto, el oportunista, los tiranos de las oligarquías y los oligarcas de la democracia. Por diversas razones se esconden de él o intentan esconderlo con el manto ilusorio de que las utopías a su estilo no son realizables. Los más, los mayoritarios que comparten parcial o totalmente su visión de futuro, lo aprecian. Su talla apenas es percibida en estos instantes, su tope lo erige la historia. Sus capturados gozan de buena salud, sus captores están a punto de vengar la osadía de enfrentar, con poco menos de cincuenta hombres en armas, a todo un ejército, a tropas entrenadas y financiadas por el imperio y sus pretorianos rangers.

 

II 

 

Cerca de allí, en la mañana del 9 de octubre, un reducido grupo de hombres reunidos en una zona cercada por abruptos relieves, algunos con heridas sin sanar, todos famélicos, sedientos y cansados hasta lo indescriptible, con la incerti­dumbre incrustada en sus rostros, en un radio portátil buscan desesperadamente noticias sobre el paradero de sus otros compañeros y su estimado jefe. Sin saber qué suerte habían corrido, aguijoneados por la poderosa intuición del desastre, mueven con nerviosismo el dial en busca de las emisoras que saben más veraces, aunque, lógicamente, con enormes reservas. Conocen por la propia experiencia y los libros que, sutilmente utilizadas, podrían convertir la necesidad perenne de información en una trampa mortal o, en el mejor de los casos, llevarlos en una dirección equivocada; por esta vez, están dispuestos a conformarse con el más elemental indicio que les permita, sin medir las consecuencias, actuar. Actuar acorde con sus sentimientos de solidaridad hacia los hermanos de armas e ideas. Es más fuerte la voluntad de ayudarlos y, a la vez, de salvar al movimiento amenazado en su primigenia etapa de formación, que las razonables vacilaciones que pudieran surgir sobre el resultado de acciones de rescate.

 

Han cumplido cabalmente las orientaciones previamente coordinadas, si no era aquí, era allá y si no acullá, así se había planificado la posible evacuación de las fuerzas y dónde deberían reunirse en caso de un descalabro o retirada organizada. Por tanto no hay de qué avergonzarse, aun así están postrados por el hecho de que en un momento tan crucial les resulta imposible tenderles la mano a sus camaradas. Para algunos, aquellos once meses de lucha en los parajes bolivianos; para otros, toda una vida compartiendo vicisitudes, las pocas provisiones y las muchas esperanzas y sueños, protegiéndose unos a otros, exponiéndose por los demás, perdiendo en combate entrañables amigos y familiares, los deja conmovidos por un injusto y a la vez explicable sentimiento de culpa. Piden en silencio acompañar la suerte de los demás, fuera cual fuere, y aunque obligaban al optimismo a imperar en sus mentes, el corazón se agitaba de forma extraña y anuncia la inminencia de lo que consideran inverosímil.

 

Así llega la dramática noticia, el Che ha muerto en combate, según las mismas fuentes que describían con lujo de detalles sus pertenencias y otras sutilezas que solo conocen los allegados. Entonces, sin que se albergara alguna duda, comprenden que lo sopesado como una lejana posibilidad, es ahora dura y fría realidad, que envuelve maniatando todos los pensamientos y músculos.

 

Qué hacer, cuáles son los próximos pasos a dar después de algo así, por qué estaban allí, cuál es el deber. La respuesta exige estar a la altura de los acontecimientos, la emoción los embargaba y el tiempo apremia, el Ejército no había abandonado la búsqueda, en cuestión de minutos o segundos podrían caer sobre ellos. Tienen que actuar con inmediatez. Cuántos recuerdos inundan sus mentes, cuántas voces frescas aún, cuánta complicidad. Tal vez retumba una frase de esas que con tanta eficacia reducen las grandes verdades a pocas letras, «en una revolución se triunfa o se muere si es verdadera», quizás otra, vaivén entre despedida incierta y la fe imperturbable en la meta, «Hasta la victoria siempre». De todas formas no es lo más importante, ahora solo concierne el hecho: si continúa la lucha, independientemente de la gran pérdida, el Che y sus camaradas habrán vencido; si se abandona, sin tener en cuenta el hoy o el mañana, su himno, como él lo llamara, hecho a la medida de los pobres y para oídos receptivos, quedará tan inerte como su cuerpo.

 

Ellos van a tomar una decisión que marcará el curso de esta historia, sabemos que la última palabra la dirán los pueblos, pero es un signo propicio e inequívoco cuando el cuerpo de las huestes revolucionarias se adhiere al pensamiento y a la acción de sus líderes. Ello perpetúa el esfuerzo y los que caigan o abdiquen serán reemplazados y se hallarán las energías suficientes para alcanzar el éxito. Surge así el famoso pacto del exiguo Ejército de Liberación Nacional: combatir hasta las últimas consecuencias, continuar la lucha hasta hacer realidad los objetivos fundacionales de la guerrilla, enraizados fuertemente al pensamiento histórico latinoamericanista (al cual Guevara aporta un original e invaluable caudal), dando paso a nuevas epopeyas en las luchas de los pueblos por su redención.

 

III

 

9 de octubre: En aquella pobre escuelita de La Higuera, un reducido espacio apresa el cuerpo de uno de los seres más consecuentes que se haya conocido, a un hombre inmenso, que aguarda pacientemente la muerte que quisieron para él sus verdugos, sin sospechar qué le espera; la inmortalidad dada por la colosal empatía entre sus ideas, las más puras, y sus actos, los más altruistas. Las órdenes vienen de Washington: que sea asesinado; los súbditos obedecen y con una bala tras otra roban el vigor al cuerpo gallardo del guerrillero, un terrible y triste error. Se convierte, y no porque ellos quieran, en el símbolo aguerrido de resistencia, de lucha por lo justo, de pasión, de hombre necesario, multiplicado infinitamente en los ideales y los brazos de quienes luchan, que es, en última instancia, a lo que más temen los testaferros y su omnipotente dueño.

 

Nunca entenderán por qué el pensamiento del Che se arraigará en el mundo como trigo maduro en tierra fértil, ni por qué en el mismo instante que decidan ultimarlo lo eternizarán. La enjundia paradigmática de un creador audaz, del trabajador y estudioso incansable que fuera él, del formidable condotiero que a fuerza de humanismo y sentido común asestó mandobles mortales a la burocracia y a la aristocracia, estará presente por siempre como esperanza.

 

¿Qué sentido tiene el crimen, acaso suponen que doblegarán, siquiera un ápice, la certeza encarnada en su pensar y conducta, de que el individuo puede ser solidario, puede cambiar para bien y puede ennoblecer la sociedad en la cual vive? ¿Qué procuran, que cambie toda una filosofía de vida, la herencia y savia en que bebió? Es posible que no conozcan lo inapelable que es en sus convicciones. Pueden estar seguros de que no se permitirá odiar ni al verdugo ignorante que lo asesina, no consiguen envilecerlo. No dejará de creer, ni masacrado sádicamente, que los revolucionarios deben, solo cuando fuere rigurosamente necesario, invocar la fuerza, ese primitivo pero legítimo impulso, que nunca ha de ser, porque ello es incompatible con la condición humana, acompañado de la crueldad. ¿Qué objeto tendría este homicidio, arrebatar sus ganas de vivir, esas que se sienten más cuando se esquivan con éxitos las ataduras de las circunstancias y se les toman de las riendas, las que adquieren supremo brío cuando la voluntad lucha contra unos pulmones cansados, por una bocanada de aire? Qué absurdo.

 

Cae ultimado, sin juicio de tribunales y de pensamiento, el Che y con él toma cuerpo un sueño dormido en tanto tiempo, germina y se eleva el anhelo de que el hombre nuevo no es ni ilusión ni quimera. Es renuevo constante, sacrificio por los demás y por sí mismo, para crecer y dejar atrás la mediocridad, para ser, aunque sea por una única vez, diferente, mejor.

 

Camilo Guevara March

Centro de Estudios Che Guevara

 

Tomado de El Diario del Che en Bolivia (Ocean Sur, 2011), pp.1-10



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