La Dra. Mélida Anaya Montes (comandante Ana María)

Mélida Anaya Montes, motor de un poderoso movimiento rebelde

4 de Julio de 2012 | 

Palabras del escritor Iosu Perales en la presentación del libro Ana María, combatiente de la vida (Ocean Sur, 2012) el 30 de junio en El Salvador


por Iosu Perales

Amigas y amigos,

Quiero dar continuidad a las bonitas palabras de Claudia resaltando algunos rasgos de Mélida Anaya Montes, comandante Ana María. Lo primero que quiero decir es que fue una mujer adelantada a su tiempo.

En la época en que nace, 1925, puede decirse que en general el horizonte de las mujeres era ser madre y la vida en matrimonio. Mélida rompe en cierto modo la costumbre y elige otro camino, ni mejor ni peor, pero distinto, valeroso, y pronto se consagra a estudiar, llevada por una fuerza interior que siempre le empujó a aprender... y a enseñar. En una sociedad patriarcal ella abrió su propio camino, con independencia, con determinación.

Continuadora de Prudencia Ayala, que en los años 30 retó al sistema establecido que no permitía ni siquiera votar a las mujeres, Mélida pertenece a ese grupo de pioneras  que crearon la Fraternidad de Mujeres Salvadoreñas,[1] organización heredera de la Liga Femenina Salvadoreña de los años cuarenta. Todas juntas y muchísimas otras mujeres, anónimas, son heroínas que tomaron el camino de su conciencia social y de género; mujeres que como dice el escritor Eduardo Galeano, arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlas sin parpadear y quien se acerca a conocer sus vidas se enciende.

Sumemos a ellas a todas esas mujeres que participaron en las luchas populares y en la épica de la montaña. Ellas son ese mar de hogueras prendidas, personas que brillan con luz propia en la historia del país. Para todas ellas nuestra admiración y agradecimiento.

La toma de conciencia de género en Mélida fue a través de un proceso que le llevó a ser gradualmente más exigente a la hora de reclamar los derechos de las mujeres y una relación de igualdad con los hombres. Explora en la condición femenina y se da cuenta de la doble y triple jornada que sufren las mujeres como consecuencia de la discriminación y del predominio machista que establece unos roles cultural y socialmente construidos. Mélida, a través de un aprendizaje de género, va reconociendo la subordinación que sufren las mujeres y animando su capacidad de respuesta ante las opresiones que sufren.

Pedagogía de la Liberación

Podría decirse que de la misma manera que Mélida nació para ser una mujer libre, lo hizo para ser maestra. Ella tenía muy claro que aprender es, además de adquirir conocimiento, tomar conciencia del lugar que cada cual ocupa en el mundo y en la sociedad en que nace y vive, desarrollando el sentido crítico. El fondo de este enfoque no es otro que el de aprender para transformar la sociedad. Como maestra, veía esencial que el alumnado ejerciera críticamente la capacidad de aprender, rechazando la enseñanza bancaria y acrítica. Ella cuestionó las metodologías imperantes que solo buscan el saber memorizado y el adiestramiento técnico, y criticó la formación docente, las evaluaciones y el tipo de valores que se transmitían en el magisterio de la época.

Así pues, Mélida ejerció una educación libertaria, democrática, consistente en despertar la curiosidad de los educandos por saber más y más, no imponiendo su autoridad académica, sino enseñando los contenidos al tiempo que enseñaba a pensar acertadamente. Ella defendía una idea brillante tomada del educador brasileño Paulo Freire: “Pensar acertadamente es hacer acertadamente”.

El pensamiento crítico

En su tesis doctoral “El planeamiento integral de la Educación y sus relaciones con el desarrollo socio-económico en El Salvador”, que defendió en el Dpto. de Ciencias de la Educación, en la Facultad de Humanidades de la Universidad de El Salvador, en el año 1969, marcó una posición que nunca abandonaría.

En este, como en otros estudios suyos, llega a la conclusión de que la educación en el país es enfocada por las clases dominantes como un modo correccional para integrar a las clases populares en el sistema, cuando lo cierto es que los problemas de exclusión y marginación social provienen de un modelo socioeconómico injusto que la educación oficial protege.

En sus investigaciones sobre el estado de la educación, Mélida pone de relieve cómo la Constitución de la República es incumplida sistemáticamente. En ella se afirma el derecho de toda persona a recibir una educación básica, cuando en realidad amplias zonas rurales del país no cuentan con escuelas y el analfabetismo es un hecho extendido. Afirma el carácter clasista de una educación que se manifiesta en dos aspectos: la educación es solamente para una parte de la ciudadanía, y el acceso a la universidad es profundamente discriminatorio.

Este pensamiento crítico lleva a Mélida a concluir que los cambios profundos que se necesitan en el magisterio están directamente vinculados a una transformación completa del país, empezando por la sustitución de la dictadura por un régimen democrático. De tal manera, hablaba de los derechos gremiales pero también de los problemas campesinos, de la explotación de las mayorías por una minoría dueña del país. Mélida nos transmite una idea solidaria, integral, de la lucha: la movilización y la organización no eran solo por el magisterio, eran por el país que debía cambiar.

Este pensamiento se pone en práctica en las huelgas de ANDES 21 de Junio [Asociación Nacional de Educadores Salvadoreños], que son el motor de luchas nacionales que incorporan a distintos sectores sociales de las ciudades y del campo. Cuando mil campesinas y campesinos desfilan por las calles de San Salvador en apoyo del magisterio, desafiando a los escuadrones de la muerte, el 18 de julio de 1971, Mélida queda conmovida y siente que la unidad popular es una realidad.

Mélida vive las luchas magisteriales y populares desde el anhelo de crear una humanidad nueva liberada de los males sociales. Su esperanza arranca de la crítica y la desazón, del malestar en que vive y de la no resignación. En sus tesis doctoral, se atreve a escribir lo siguiente: “Nuestro país necesita cambios cualitativos en el sistema, que haya transformaciones radicales; pero para ello es imprescindible la revolución”. Estamos en 1969 cuando hace esta valerosa afirmación. Sin duda ella era una adelantada.

Coherencia entre el mundo de las ideas y la práctica de la vida

Como saben ustedes, con frecuencia, las palabras y los hechos no se encuentran, y cuando lo hacen no se saludan. Si una o uno no vive como piensa, acabará pensando como vive. La coherencia entre el mundo de las ideas, la ideología, y la conducta en la vida, es fundamental para la credibilidad de las personas y muchos más de los líderes y lideresas. En este punto la vida de Mélida es excepcional. Ella sabe unir sus propias ideas, sus creencias políticas, con su modo de vida. Fue en todo momento una mujer que se educó a sí misma para escuchar, para ser humilde, para vivir al servicio de la gente, para la austeridad, para la transparencia.

Es su coherencia lo que le permitió ganar una gran autoridad moral y política, estando en todas las luchas, caminando todos los caminos del país y visitando cantones, municipios rurales, buscando siempre a las maestras y maestros para escucharlos y para organizar el magisterio.

Bajo un régimen asfixiante y de terror que la quiso intimidar echándole gasolina y bombas caseras a su casa, es su coherencia entre las ideas y la vida lo que impulsó su valentía política para ejercer una dura crítica al sistema económico y político, superando los lógicos miedos. Esa misma valentía fruto de su coherencia es la que mostró Mélida en el interior de las FPL [Fuerzas Populares de Liberación "Farabundo Martí"] y del Frente, defendiendo la unidad hasta las últimas consecuencias.

Ella creía que la unidad del pueblo era la bóveda de todas las luchas, y rechazando el sectarismo y la prepotencia, supo gestionar sus ideas de tal manera que no fueran un obstáculo para esa unidad. De la misma forma que vio la necesidad de ligar las luchas magisteriales con las luchas campesinas, obreras y del estudiantado, así también decidió que sus propias ideas, las que le llevaron a optar por ANDES 21 de Junio, por el Bloque Popular Revolucionario y por las FPL, no podían ser una barrera para hacer la unidad. Así es como frente a la tentación de la exaltación de lo propio, del que cree estar en la posesión de la verdad; frente al dogmatismo y frente a la creencia de ser la vanguardia elegida por la historia, ella predicó siempre la unidad.

De tal manera, su sistema de creencias, su ideología, no le llevó a distanciarse de otras opciones existentes en la izquierda social y política, sino que bajo el principio de que sólo la unión podía derrotar a la dictadura estuvo dispuesta a sacrificar su vida.

Su sentido de la solidaridad

El sentimiento solidario fue en Mélida una constante. En su visión eran importantes los seres humanos, con todas sus penalidades cotidianas, situados en el centro de la acción. La solidaridad era en ella un factor que le empujaba a interesarse por la condición de los más pobres, con una especial simpatía por la población campesina. Nada ni nadie le era ajeno. Así es como grita en el XIII Congreso de ANDES de diciembre de 1977: «Compañeros, adelante, siempre adelante, a la par de los obreros, campesinos, estudiantes, habitantes de tugurios, empleados, señoras de los mercados, adelante todas y todos los que luchan por una sociedad libre de toda explotación». De ahí su empeño en difundir el principio de que la lucha de ANDES era una aportación al pueblo y que, en el seno de este, otras expresiones esperaban ser organizadas.

Ella está pensando en la solidaridad como denuncia, pero también como una propuesta de nueva sociedad. Por eso, en las luchas magisteriales y a lo interno de la organización de ANDES, ella habla una y otra vez de los otros, de los más marginados y en especial de un campesinado que sobrevive en el abandono.

Mélida expresa su emoción al narrar la solidaridad popular al paso de una manifestación durante la huelga de 1971: «Numerosas personas desde los balcones y otras desde una calle adyacente gritaban: “¡Viva ANDES! ¡Vivan los maestros!. Un nudo en la garganta me laceraba. ¡Oh mi pueblo! ¡Qué noble es!”, exclama Mélida. Esta solidaridad se redescubre a sí misma como cultura, como forma de ser, como estilo de vida, como humanismo

Humanismo o la revolución llena de gente

Ese amor por el pueblo concreto, no por la idea abstracta de pueblo sino por las personas de carne y hueso hace que Mélida concibiera la revolución salvadoreña como una gran plaza llena de gente. Ella decía: “En los momentos más difíciles, hay que tener la mente fría y el corazón ardiente de amor por la población”.

En su discurso del 29 de enero de 1977 en la Plaza Libertad, Mélida grita a los cuatro vientos: «Compañeros, la respuesta histórica es invertir el orden existente». Dicho de una manera clara: el proyecto socialista es una política de decisión humana, lo que quiere decir que es la gente, las mujeres y hombres, el pueblo, quienes tienen en sus manos y en su voluntad la potestad de cambiar el curso de la historia.

Mélida Anaya Montes, comandante Ana María, hizo de la idea de revolución una pasión llena de humanidad. Ella supo interpretar los anhelos de un pueblo al que la dictadura le había robado la vida; la «vida robada» como sentimiento de rebeldía, como emoción de una multitud que con una pluralidad de motivaciones llevó a miles de personas a luchar para derribar un régimen oprobioso. Y lo hicieron, desde el magisterio, desde las fábricas, desde la universidad, desde los campos plagados de jornaleros, desde los tugurios, desde las iglesias, desde los movimientos guerrilleros. En todos estos espacios vio Mélida la tierra abonada para traducir la idea de revolución en un sentimiento colectivo poderoso.

Ella trabajó por convertir las posturas rebeldes de la gente en posturas revolucionarias, comprometidas en la transformación del país. La rebeldía fue el punto de partida indispensable. Ciertamente, Mélida fue motor de un poderoso movimiento rebelde que tomó su decisión.

Amigas y amigos, la vida de Mélida, entregada a los más altos ideales, es el ejemplo vivo y perpetuo de una ética que nos reconcilia con la humanidad.

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Nota:

1. Del que forman parte Matilde Elena López, Berta Deras, Tula Alvarenga, Fidelina Reynaldo, Leticia Solano, Lilian Jiménez, Rosario Luna, Julita Ramirios, Rosario Lara, que fue elegida primera alcaldesa en El Salvador por el municipio de Berlín, en 1952, y tantas otras.



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