Lazos indisolubles

9 de Junio de 2013 | 

Che y Fidel. Imágenes en la memoria, próximo título del Proyecto Editorial Che Guevara, cuenta mediante fotografías la historia de una amistad entrañable


Por Rodolfo Romero Reyes

 

Che y Fidel. Imágenes en la memoria es el nuevo libro que las editoriales Ocean Sur y Ocean Press, en coordinación con el Centro de Estudios Che Guevara, presentan en conmemoración del 85 natalicio del Che. El volumen rinde homenaje a dos figuras que son expresión de admiración y respeto mutuo, unidas en fuerza mayor para cambiar la historia. Dos personalidades que, al decir de Aleida March en la introducción al libro, expresan «lazos indisolubles que vibran entre ellos».

 

La historia de esa amistad entrañable es contada mediante imágenes portadoras de momentos y testimonios de incalculable valor histórico. Una amistad que comienza en 1955, en México, «en casa de María Antonia», y que tiene su continuidad inmediata en la lucha revolucionaria en Cuba y, sobre todo, en la construcción de una nueva Patria después de enero de 1959.

 

El discurso fotográfico es acompañado de frases en las que cada uno de ellos profesó su sentimientos de admiración y simpatía. Para Fidel, el Che «…se convirtió en el modelo de revolucionario […] para los pueblos del mundo». Por su parte, el argentino-cubano afirmó: «Nunca con más justicia se puede decir que un hombre fue el creador de una revolución».

 

A modo de presentación de estas páginas, las palabras de Graziella Pogolotti nos acercan a «Aquella noche junto a los volcanes».

 

«Para probar fuerzas, el Che intentó escalar el Popo, volcán durmiente y vigilante junto a la capital de México. Desde ese promontorio, podía trazarse una línea imaginaria que uniera el sur del Continente con el Caribe insular. Ernesto Guevara -todavía no era el Che- había ascendido desde la Argentina, conoció el drama de América y padeció en carne propia la tragedia de Guatemala. Después del Moncada y de la prisión en Isla de Pinos, Fidel partió hacia México con la decisión irrevocable de preparar, otra vez, la guerra necesaria. En contextos diferentes, ambos habían reconocido las señales de una realidad común. Fraguaron entonces proyectos similares.

 

»No fue casualidad, sino azar concurrente lo que determinó aquel encuentro y el diálogo íntimo en el transcurso de una larga y decisiva noche. Se reconocieron y sembraron una hermandad indestructible adherida al sentir y al pensar, consolidada luego en la confianza mutua, en luchas, los desgarramientos y los días luminosos compartidos. Estaban haciendo su entrada en la Historia. »Un buen libro de fotos invita al regodeo visual. En casos excepcionales –y este es uno de ellos-, la mirada se desprende de la página y abre cauce a la ensoñación y al meditar en profundidad sobre la razón de ser de nuestras vidas  y el devenir del mundo en que nos encontramos.

 

»Capaces de vertebrar creativamente pensamiento y acción, de luchar por el presente sin renunciar al diseño de estrategias con vistas al porvenir aun en las más difíciles circunstancias, ajenos al acomodo mental propio de dogmatismos de cualquier signo, creyeron como José Martí en el mejoramiento humano e hicieron de ese propósito el objetivo central de la gran tarea en que comprometieron sus vidas. La singularidad de esa obra que alentó el despertar de nuestra América revela la relación dialéctica entre la personalidad humana y las fuerzas que mueven la historia. La clave de ese vínculo se encuentra en la facultad de percibir, en el trasfondo del acontecer, los síntomas favorecedores del cambio y en aglutinar voluntades para llevar hacia adelante el proyecto.

 

»Aquella noche en México fue el preludio del Granma y de la Sierra Maestra, de la batalla de Santa Clara y el triunfo de la Revolución Cubana, de Girón y la Crisis de Octubre, de la proyección tercermundista, de los días del Congo y de Bolivia.

 

»Las fotos muestran hitos de un diálogo nunca interrumpido a pesar de las distancias geográficas y de la caída del Che en Bolivia. Porque en nuestras tierras los volcanes parecen dormitar mientras preservan en su centro la lava ardiente».

 



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