La mujer como primera víctima de la sociedad de clases

7 de Noviembre de 2013 | 

Fragmentos de las palabras de presentación a la novedad editorial de Ocean Sur "El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado", un clásico del pensamiento socialista de la autoría de Federico Engels


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Por el camino abierto por Lewis Morgan, al que Engels compara con cumbres como Darwin y el mismo Marx, llega el autor de la obra que reeditamos, a criticar, con el escalpelo brillante de filo, las tonterías burguesas de considerar a la promiscuidad sexual como propia de especies inferiores y a la monogamia como la más alta expresión de la virtud humana.

 

Dice Engels:

 

[…] si la monogamia es […] la virtud, hay que ceder la palma a la tenia solitaria, que en cada uno de sus cincuenta a doscientos anillos posee un aparato sexual masculino y femenino completo, y se pasa la existencia cohabitando consigo misma en cada uno de los anillos reproductores. [5]

 

Y es precisamente en el capítulo referido a la familia, donde F. Engels aborda la tesis tan usada hoy todavía, de las fases del desarrollo de la familia, a partir de la etapa de la promiscuidad sexual.

 

El resumen engeliano del mencionado desarrollo es uno de los momentos más importantes de la obra, en el que recomendamos más atención de los lectores. Para llamar la atención sobre este punto adelantamos las líneas generales de la secuencia ofrecida por Morgan y retomada por Engels:

 

Familia consanguínea: Primera familia. Grupos conyugales divididos por generaciones.

 

Es de resaltar en este momento de la obra una característica que la recorre completamente: la gran erudición humanística de Engels. El lector podrá ser testigo de su fácil manejo de la literatura clásica griega, romana y alemana y hecho esto con una gracia y solidez científica raramente conciliables en otros escritores.

 

Ejemplifica lo antes dicho, que al analizar la familia consanguínea En­gels condene el tratamiento que Wagner da al matrimonio primitivo nada más y nada menos que en Los Nibelungos.

 

Familia punalúa: exclusión de los hermanos del comercio sexual. Comenzó por hermanos uterinos y llegó hasta lo que hoy cono­cemos como primos hermanos. Se considera a la gens como pro­ducto de este tipo de familia.

 

Familia sindiásmica: en el régimen de matrimonio por grupos (etapa intermedia) se formaban parejas por un tiempo más o menos largo. La poligamia y la infidelidad ocasional siguen siendo dere­chos de los hombres. El ejercicio del rapto y la compra de mujeres se establecen por la escasez de estas. Como expresa F. Engels, la sindiásmica es «[…] la forma de familia característica de la barbarie, como el matrimonio por grupos lo es del salvajismo, y la monogamia lo es de la civilización». [6]

 

Aquí aparece una de las tesis más trascendentales del marxismo: el análisis del desarrollo de las fuerzas productivas y del viraje que dentro de la familia sindiásmica se dio al convertirse el trabajo masculino en el decisivo económicamente en la sociedad. De ahí que en una economía liderada por el hombre, sus hijos no heredaran de él, sino que los bienes pasaran a los consanguíneos más próximos por línea femenina. Es en este momento cuando se da la famosa revolución que Engels consideraba una de las más hondas de la humanidad. Desde que existía la propiedad familiar y la nueva necesidad de los hombres de conservarla, se hacía indispensable un cambio como el que de forma pacífica ocurrió:


Bastó decidir […] que en lo venidero los descendientes de un miembro masculino permanecerían en la gens, pero los de un miembro femenino saldrían de ella, pasando a la gens de su padre. Así quedaron abolidos la filiación femenina y el derecho here­ditario materno, sustituyéndolos la filiación masculina y el derecho hereditario paterno. [7]


La familia monogámica patriarcal y su desarrollo característico en la civilización de la humanidad, llega con instituciones sociales antitéticas pero esenciales en su naturaleza, como son la supuesta virtud doméstica de la mujer, el adulterio, la prostitución y todas las formas de discriminación femenina posibles.

 

Después de miles de años de protagonismo social y familiar la mujer queda convertida, en la civilización, en un objeto decorativo, casi mercantil cuando no rectamente comerciable. En el mejor de los casos fue considerada merecedora de respeto y protección (en sociedades como la de los germanos poco tiempo antes de su asentamiento definitivo en el territorio del imperio romano occidental, cuando la barbarie de estos pueblos todavía no era superada completamente), pero nunca volvió a ser la verdadera dama del hogar y la familia. Como nos recuerda Engels:

 

La señora de la civilización rodeada de aparentes homenajes, extraña a todo trabajo efectivo, tiene una posición social muy inferior a la de la mujer de la barbarie, que trabaja de firme, se ve en su pueblo conceptuada como una verda­dera dama (lady, frowa, frau = señora) y lo es efectivamente por propia posición. [8]

 

Nada más lejos del cacareado amor sexual (que los burgueses «filisteos» de finales del siglo XIX y principios del siglo xx quisieron ver en la nueva familia) que el matrimonio concertado en la monogamia patriarcal, que sigue siendo en las sociedades contemporáneas burguesas o no el fundamento de la explotación de la mujer, como lo es el capitalismo para la explotación del obrero.


Es precisamente en este momento de la exposición cuando cabría la interrogante de cómo el socialismo se debe plantear las deudas históricas con la mujer como primera víctima de la sociedad de clases. [...]

 

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