FMLN. De movimiento insurgente a partido político

28 de Febrero de 2009 | 

por Roberto Regalado.


El Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) es una de las organizaciones políticas de la izquierda latinoamericana que despierta más interés y recibe mayor apoyo y solidaridad continental e internacional. Ello obedece a un conjunto de razones, de las cuales mencionaremos aquí solo algunas de las más sobresalientes.

La transformación del FMLN de movimiento insurgente en partido político constituye una experiencia emblemática –por supuesto, no exenta de dificultades–, del cambio ocurrido en América Latina entre 1989 y 1991, momento en que se cierra la etapa histórica abierta en 1959 por el triunfo de la Revolución Cubana –uno de cuyos rasgos esenciales es el auge de la lucha armada revolucionaria–, y empieza la actual –cuyos sellos distintivos son la lucha de los movimientos populares contra el neoliberalismo y los avances sin precedentes de la izquierda en el terreno político electoral.

El desplome de la configuración estratégica de posguerra –que había creado condiciones favorables para la descolonización del Medio Oriente, Asia y África, la batalla tercermundista por un Nuevo Orden Económico Internacional, y la ola revolucionaria que estremeció a América Latina–, «sorprende» al FMLN en la cúspide de su desarrollo político militar. Con otras palabras, en la década de 1980, durante la cual se desató y estalló la crisis terminal de la Unión Soviética y el campo socialista, el FMLN era la organización insurgente latinoamericana que con mayor efectividad libraba la lucha armada, en una pequeña nación, sin grandes o apartadas regiones montañosas ni boscosas en las cuales guarecerse, con una elevada densidad poblacional que dificultaba el movimiento inadvertido de sus unidades guerrilleras y, por si todo ello fuera poco, ubicada en Centroamérica, zona que el imperialismo norteamericano considera su traspatio más inmediato, por lo que convirtió a El Salvador en un Estado contrainsurgente.

Tras 12 años de funcionamiento como organización político militar unitaria, la firma de los Acuerdos de Chapultepec, que pusieron fin al conflicto armado salvadoreño, es un símbolo de lo mejor, de lo más positivo, del cambio de época ocurrido en América Latina, porque no significó el «abandono» de la lucha revolucionaria, sino la sustitución de una forma de lucha por otra. En la ceremonia de firma de esos acuerdos, el 16 de enero de 1992, vibró con firmeza la voz de Schafik Hándal cuando afirmó:

Nosotros no estamos llegando a este momento como ovejas descarriadas que vuelven al redil, sino como maduros y enérgicos impulsores de los cambios hace mucho tiempo anhelados por la inmensa mayoría de los salvadoreños. (Schafik Hándal: Una guerra para construir la paz, Ocean Sur y Editorial Morazán, San Salvador, 2006, p. 56.)
 
El FMLN no fue el único ni el primer movimiento insurgente que recorrió el camino de la solución política negociada; tampoco es el único que mantiene sus convicciones y objetivos estratégicos después de haberlo hecho, pero sin duda alguna es el que con mayor efectividad logró convertir su acumulación político militar en acumulación político electoral.

Cuando decimos que una de las razones por las cuales la izquierda latinoamericana ocupa hoy tantos espacios institucionales es, precisamente, el acumulado de las luchas revolucionarias de etapas anteriores, el ejemplo que con más espontaneidad brota de nuestros labios es el del FMLN. Si en América Latina no se hubiesen librado esas gloriosas luchas, no habría hoy gobiernos de izquierda y progresistas. Si en El Salvador no hubiese habido un FMLN, combativo e invicto, no habría en la actualidad posibilidad alguna de canalizar las luchas populares por vías legales.


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