"Es necesario construir una contrahegemonía popular"

2 de Diciembre de 2009 | 

Entrevista al politólogo cubano Roberto Regalado, coordinador de la Colección Contexto Latinoamericano de la editorial Ocean Sur, que acaba de presentar la antología América Latina hoy: ¿reforma o revolución?


por Gabriel Caparó

«No es que la revolución latinoamericana se hundiera con la Unión Soviética o que debamos sentir nostalgia por las condiciones en que luchábamos antes por ella. De lo que se trata es de saber luchar por la revolución en las condiciones actuales», expresa sin medias tintas el politólogo y diplomático cubano Roberto Regalado (La Habana, 1953), considerado uno de los más acuciosos analistas del escenario político en América Latina y también una de las voces más buscadas por quienes no solo pretendemos entender la compleja coyuntura actual de la región, sino también definir sus rumbos.

El pasado 2 de octubre, en el marco de la jornada internacional de solidaridad con la resistencia del pueblo hondureño, fue presentada en Cuba la antología América Latina hoy: ¿reforma o revolución? (Ocean Sur, 2009), de la que Regalado fue editor y para la que escribió el texto de presentación y uno de sus ensayos. No hubo mejor pretexto para sostener una paciente conversación con él y recorrer, con la mayor amabilidad de su parte, las aristas de este antiguo debate de “reforma vs. revolución” en Latinoamérica, que hoy adquiere más importancia mientras más se expande el reclamo por un mundo mejor.

Durante el lanzamiento del libro, la periodista cubana Arleen Rodríguez expresó, refiriéndose al ensayo «De Marx, Engels y Lenin a Chávez, Evo y Correa. Reforma y revolución entre imaginario y realidad» —texto de Roberto Regalado que da inicio al volumen—,  que «deslumbra por la capacidad de síntesis, pero también y especialmente por la honestidad y la integridad de sus análisis, pertinentemente librado del encasillamiento o la exclusión a que son tan dados los analistas políticos de cualquier signo». Añadió que «Regalado se muestra capaz de sintetizar una historia de siglos con una exactitud de orfebre, cuidando que no sobre, pero que tampoco falte, palabra o juicio indispensable para llevarnos de la Revolución francesa a los actuales procesos de cambio en América Latina con puntadas muy precisas sobre los que realmente trascienden el episodio, para insertarse en la Historia».

Autor de libros como América Latina entre siglos: dominación, crisis, lucha social y alternativas políticas de la izquierda (Ocean Press, 2006), Encuentros y desencuentros de la izquierda latinoamericana. Una mirada desde el Foro de São Paulo (Ocean Sur, 2008) y coautor del volumen Transnacionalización y desnacionalización: ensayos sobre el capitalismo contemporáneo (Tribuna Latinoamericana, 2000), el también periodista es editor de la revista de análisis político Contexto Latinoamericano y del proyecto editorial homónimo de Ocean Sur, responsable de que hoy contemos con una antología como esta, de la que aquí hablaremos.

«La contradicción sigue siendo entre los partidarios de la revolución —entendida como la necesidad de crear una sociedad anticapitalista, socialista—, y los partidarios de la reforma, —entendida como un conjunto de cambios económicos, políticos y sociales, de uno u otro signo, a ser aplicados dentro del capitalismo», señala el también miembro fundador del Foro de São Paulo y secretario ejecutivo adjunto de la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe (COPPPAL) en tanto advierte que las fuerzas de izquierda o progresistas en nuestra región, «o se enrumban en una dirección anticapitalista y se integran entre sí para fortalecerse mutuamente, o perecen».

En un momento en que estas fuerzas ejercen el gobierno nacional en la mayor parte de Latinoamérica, la editorial Ocean Sur decidió reunir a diez politólogos y dirigentes políticos y populares para que brindaran sus perspectivas sobre el tema. Es así que surge la antología América Latina hoy, ¿reforma o revolución?

¿Por qué considera relevante retomar, con este libro, el debate “reforma vs. revolución” en nuestro continente?

—Es vital esclarecernos en qué términos se plantea hoy esa contradicción —que en realidad nunca ha desaparecido, por lo menos aquí en América Latina—, y cómo no se reduce a la táctica —a las formas de lucha, armada o electoral—, sino que es una contradicción estratégica que Beatriz Stolowicz define, en términos muy precisos, como contradicción entre el posliberalismo (capitalista) y el anticapitalismo (socialista).

«Ese replanteamiento de los términos del debate es medular porque en los partidos, movimientos, coaliciones y frentes políticos que integran la heterogénea franja de gobiernos comúnmente identificados como de izquierda y progresistas, coexisten, interactúan y luchan entre sí tres tipos de reformismos: el reformismo reaccionario, que mantiene en lo fundamental las políticas económicas y sociales heredadas de los gobiernos de derecha —lo que implica que buena parte de los liderazgos de la izquierda se someten a la hegemonía neoliberal—; el reformismo posliberal, que quisiera poder encontrar una alternativa al neoliberalismo dentro del propio sistema capitalista; y el reformismo con intencionalidad y dirección estratégica anticapitalista».

¿Cuán encendido considera hoy este histórico debate?

—Es un debate muy encendido y muy extendido, en todos los partidos, movimientos, coaliciones y frentes políticos y sociales, y en espacios regionales como el Foro de São Paulo y el Foro Social Américas. Lo que sucede es que, como cambiaron las condiciones en que se libraba esa lucha ideológica y la terminología que se empleaba, hay quienes están inmersos en ella sin percatarse de que no es un nuevo debate, sino una nueva forma que adopta el viejo debate “reforma vs. revolución”.

«No es que la revolución latinoamericana se hundiera con la Unión Soviética o que debamos sentir nostalgia por las condiciones en que luchábamos antes por ella. De lo que se trata es de saber luchar por la revolución en las condiciones actuales».

SE NOS ACABA EL TIEMPO

En su ensayo «De Marx, Engels y Lenin a Chávez, Evo y Correa. Reforma y revolución entre imaginario y realidad», incluido en el libro, ¿insinúa la pertinencia de construir una «contrahegemonía popular», ante la complejidad del problema actual en América Latina, que no encaja en los patrones de reforma y revolución?

—Es mucho más que eso. Yo afirmo la necesidad de construir esa contrahegemonía, a partir de una apropiación del concepto de hegemonía, con el contenido y desde la perspectiva con la que lo desarrolló Gramsci. Esa necesidad surge debido a un cambio fundamental ocurrido en América Latina: por primera vez en su historia, la dominación fue sustituida por hegemonía en el conjunto de la región, ya no solo en algunos casos excepcionales que confirmaban la regla en épocas remotas, como Chile y Uruguay hasta la década de 1960.

«Claro que la hegemonía implantada en América Latina no es la misma que estudió Gramsci. Aquella se basaba en un desarrollo económico, político y social que no tiene comparación con el de nuestros países, incluso si aplicásemos cualquier fórmula para calcular los efectos del tiempo transcurrido desde entonces en ambas regiones.

»En la América Latina actual estamos hablando de hegemonía neoliberal en un área subdesarrollada, dependiente y sometida a un proceso de concentración trasnacional de la riqueza y el poder político; pero existe un elemento común: se trata de una sustitución de dominación por hegemonía, y eso representa un cambio considerable: ¿quién se hubiera podido proponer en América Latina, con seriedad, beber de Gramsci durante la época del macartismo o de las dictaduras militares de “seguridad nacional”?

»Era imposible porque no había un sistema hegemónico que tolerase los espacios de confrontación que los sectores populares pudiesen aprovechar para arrancar concesiones a la burguesía. Baste recordar lo ocurrido con los gobiernos de Jacobo Árbenz en Guatemala (1954) y Salvador Allende en Chile (1973). Claro que la hegemonía neoliberal trata de cerrar esos espacios mucho más que la estudiada por Gramsci, pero la elección de gobiernos de izquierda y progresistas ocurrida desde 1998 demuestra que no lo logra.

»Hubo otro tipo de hegemonía en algunos países latinoamericanos en ciertos períodos de la primera mitad del siglo XX, como la implantada en México tras la derrota de los ejércitos campesinos protagonistas de la Revolución de 1910 a 1917, pero esa hegemonía populista no abría, como en la Europa estudiada por Gramsci, espacios de confrontación, sino espacios de cooptación, destinados a anular la independencia de las fuerzas políticas de izquierda, los sindicatos y demás organizaciones sociales que recibían privilegios y prebendas a cambio de contribuir a la reproducción de aquel sistema. Es obvio que en esos casos tampoco fue posible construir una contrahegemonía popular.

»Por otra parte, no es que la situación latinoamericana “no encaja en los patrones de reforma y revolución”; lo que yo digo, de manera textual, es que “no encaja en los patrones conocidos de revolución y reforma”. Aquí subrayo la palabra conocidos porque la gran disyuntiva histórica de la humanidad, incluida la parte de ella que vive en América Latina, sigue siendo la de socialismo o barbarie, y hoy con mucho mayor sentido de urgencia porque el agravamiento de la crisis integral del capitalismo conduce al planeta hacia la autodestrucción, y se nos acaba el tiempo para hacer la imprescindible revolución que conjure la barbarie y nos conduzca al socialismo.

»Con otras palabras, la contradicción sigue siendo entre los partidarios de la revolución, entendida como la necesidad de crear una sociedad anticapitalista, socialista, y los partidarios de la reforma, entendida como un conjunto de cambios económicos, políticos y sociales, de uno u otro signo, a ser aplicados dentro del capitalismo».

Aun cuando en estos tiempos ambas opciones se manifiestan en el terreno electoral…

—En su ensayo «El debate actual: posliberalismo o anticapitalismo», que forma parte de esta antología, Beatriz Stolowicz explica que la polémica entre Rosa Luxemburgo y Edward Bernstein no era de carácter táctico, sino estratégico. El hecho de que la dominación, brutal e intolerante, no dejara espacio alguno para concebir siquiera una revolución por la vía pacífica, por la vía legal —algo que ciertamente caracterizó la historia de América Latina—, llevó a la identificación dicotómica de revolución con lucha armada y de reforma con lucha electoral, esta última desarrollada en condiciones en que, si resultaba exitosa pese a todos los obstáculos, solo podía tener el desenlace de los gobiernos de Árbenz y Allende.

«Hoy en América Latina la situación es muy diferente. Solo en Colombia se mantiene la lucha armada revolucionaria, y en condiciones en que es difícil prever un desenlace militar, ni a favor de la insurgencia ni a favor del Estado contrainsurgente colombiano. Tendrá que ser una solución política negociada, a partir de una correlación de fuerzas que esperamos sea favorable a las fuerzas populares en sentido general: favorable a la insurgencia, y a la izquierda política y los movimientos populares que luchan dentro de los acotados y riesgosos espacios de la democracia neoliberal, militarista y paramilitarista existente en ese país.

»Por otra parte, como explicaba antes, en el terreno de la lucha política electoral hoy es posible identificar tres tipos de reformas: las reformas neoliberales, destinadas a profundizar la concentración de la riqueza y justificar el aumento de la exclusión social predominantes en América Latina durante los últimos treinta años; las reformas posliberales —según la terminología de Beatriz—, que tratan de paliar las contradicciones económicas, políticas y sociales del capitalismo actual sin romper con ese sistema; y las reformas con intencionalidad y dirección estratégica anticapitalista, identificables en los discursos y en las políticas de algunos gobiernos latinoamericanos actuales. En este último caso, se supone que no hay dicotomía entre reforma y revolución, sino que se trata de reformas conducentes a la revolución.

»El hecho de que hoy haya reformas conducentes a la revolución es una de las razones por las que digo que ese debate no encaja en los patrones conocidos desde hace mucho tiempo, que solo concebían que el objetivo estratégico de hacer la revolución pudiera alcanzarse mediante la táctica de la lucha armada. Durante los últimos años, por medios pacíficos, legales, electorales, en América Latina han llegado al gobierno varias coaliciones de fuerzas políticas que proclaman y demuestran una vocación revolucionaria. Eso no era un patrón conocido en esta región».

¿Detecta alguna otra peculiaridad en los patrones de este debate?

—Sí. Otra ruptura con los patrones conocidos es con el paradigma socialista construido a partir de la experiencia soviética, asentado en un partido único que garantizara la continuidad del proceso de construcción socialista. Mucho se ha hablado de las desviaciones a las que se prestó ese sistema, y el derrumbe de la URSS es la mejor prueba de que buena parte de lo dicho es cierto, pero, sin intención de entrar en este debate, hay que registrar el dato de que los procesos de reformas conducentes a la revolución que se desarrollan en América Latina carecen de garantías institucionales de continuidad porque están sometidos a las reglas de la alternabilidad democrático-burguesa, y las fuerzas que, con apoyo del imperialismo, pugnan por eliminar del mapa político a figuras como Chávez, Evo y Correa —no simplemente por “alternar” con ellos—, lo que harían, en el caso de llegar al gobierno, sería restablecer a plenitud el esquema puro y duro de concentración de la riqueza y exclusión social.

«De manera que la garantía fundamental de continuidad de procesos como los encabezados por Chávez, Evo y Correa no es institucional, aunque hagan cambios constitucionales que les despejen el camino, sino política. Por supuesto que en última instancia la garantía de continuidad de cualquier proyecto político también tiene que ser política —valga la redundancia—, pero a lo que me refiero es a que Chávez, Evo y Correa tienen que ganar las elecciones, en competencia con las fuerzas de la derecha, cada vez que expira un mandato presidencial, y a que de esas elecciones no solo depende la permanencia de ellos —y de las fuerzas políticas que ellos encabezan— en el gobierno, sino también la continuidad misma del proyecto antineoliberal.

»Desde un punto de vista puede argumentarse que esto es bueno porque evita la posibilidad del anquilosamiento en el que cayó la URSS, al obligar a los gobernantes de izquierda a mantener la comunicación con el pueblo e, incluso, a depender de su aprobación y concurrencia a las urnas para darle continuidad al proceso de cambios. Desde otro punto de vista, tiene la desventaja de que vastos sectores de la población miden la efectividad de los gobiernos por los beneficios que reciben en lo inmediato y, aunque todo proceso de transformación social de signo popular debe sopesar lo presente y lo futuro —lo táctico y lo estratégico— esa volatilidad inmediatista puede reaccionar con mayor facilidad a favor de un proyecto prebendatario y clientelista, como ocurrió tantas veces en la historia de América Latina.

»De ello se derivan dos riesgos: uno, que la derecha apele a un discurso y un proyecto de esta naturaleza —lo que constituye una conocida herramienta del neoliberalismo— para desplazar a la izquierda del gobierno; y otro, que la izquierda se vea atrapada en estas prácticas para garantizar su propia continuidad en el ejercicio de las funciones gubernamentales.

»Esa posibilidad latente de que, más tarde o más temprano, la derecha recupere el ejercicio del gobierno y revierta el camino avanzado hacia la transformación social revolucionaria, es una de las características de la situación latinoamericana actual, porque la elección de gobiernos de izquierda y progresistas es resultado de un cambio en la correlación de fuerzas políticas y sociales que el imperialismo y sus aliados criollos tratan de revertir por cualquier medio, tal como se demuestra en Honduras. Por esto no descartamos la eventual necesidad de acudir a la violencia revolucionaria en esos casos, no para acceder al gobierno, lo cual lograron por la vía pacífica, sino para evitar ser desplazados de él por la violencia contrarrevolucionaria».

LA COPA MEDIO LLENA O MEDIO VACÍA

A propósito de la URSS, en su ensayo menciona que «el escenario fértil para el triunfo de nuevas revoluciones y para la construcción de paradigmas socialistas» colapsó junto con la propia Unión Soviética. ¿Era la existencia de la URSS una condición tan necesaria para esta fertilidad?

—La división del mundo en dos sistemas sociales, la llamada bipolaridad, consolidada debido al desenlace de la Segunda Guerra Mundial, creó las condiciones favorables para el auge de las luchas anticolonialistas y el avance de la descolonización del Medio Oriente, Asia y África. En este contexto se produjeron revoluciones socialistas en China, Vietnam, Corea y Cuba, y revoluciones anticolonialistas —no anticapitalistas— en esas tres regiones, de las cuales surgió la gran mayoría de los nuevos Estados que crearon el Movimiento de Países No Alineados y lucharon por un Nuevo Orden Económico Internacional.

«En América Latina, el triunfo de la Revolución cubana, el 1ro. de enero de 1959, sirve de base a la construcción del paradigma que muchos años después, a raíz del derrumbe de la Unión Soviética, el destacado líder revolucionario salvadoreño Schafik Hándal calificó como “revolución insertada”: una revolución socialista “insertada” dentro de un entorno hostil, dominado por el imperialismo norteamericano y las oligarquías latinoamericanas a su servicio, que necesita de un apoyo político y una ayuda económica y militar sustanciales para sobrevivir, desarrollarse y consolidarse, al menos durante un largo período de tiempo.

»Esta ayuda, por supuesto, provenía de la URSS. Esa fue la experiencia que, en una u otra medida, intentó reeditar la gran mayoría de los movimientos insurgentes que actuaron en nuestra región durante las décadas de 1960, 1970 y 1980. Ciertamente, esa fue la experiencia que, con adecuaciones a sus características y condiciones, trataron de reeditar la Revolución Popular Sandinista en Nicaragua y la Revolución del Movimiento de la Nueva Joya en Granada, ambas triunfantes en 1979, y años más tarde interrumpidas por la agresión del imperialismo norteamericano.

»Esa fue también la experiencia que inspiraba al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional de El Salvador, el movimiento político militar que se hallaba en el clímax de la lucha insurreccional en el preciso momento en que el derrumbe de la URSS destruye el escenario de la “revolución insertada” al que había apostado, y que se ve obligado a readecuar su estrategia y su táctica al nuevo escenario mundial y regional, es decir, a iniciar su metamorfosis de movimiento insurgente a partido político.

»En efecto, aquel “escenario —de la posguerra— fértil para el triunfo de nuevas revoluciones y para la construcción de paradigmas socialistas adecuados a las condiciones del Sur, colapsa con la desaparición del campo socialista y el derrumbe de la propia URSS”, como lo muestran, entre otros muchos hechos, la invasión a Panamá de diciembre de 1989; la derrota “electoral” del Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua de febrero de 1990; la desmovilización del Movimiento 19 de Abril y de otras organizaciones armadas colombianas entre 1990 y 1991; la firma de los Acuerdos de Chapultepec que pusieron fin a la insurgencia revolucionaria salvadoreña en enero de 1992; y la firma de los Acuerdos de Nueva York, que dieron por concluida la insurgencia revolucionaria guatemalteca en diciembre de 1996.

»En esencia, se cerró la época de la “revolución insertada” que había abierto la Revolución cubana. No es casual que Schafik prestara tal atención y calificara con tal agudeza el impacto de la debacle soviética en la lucha revolucionaria en América Latina, ya que la organización de cuya dirección él formaba parte fue, quizás, la que más la sufrió».

¿Observa nuevas variables para que vuelva a existir un escenario fértil? ¿Cree que ese escenario ya existe hoy?

—Por supuesto: el Ave Fénix renació. En una entrevista reciente, divulgada por Rebelión, Santiago Alba afirma que las únicas dos regiones del mundo donde se manifiesta hoy el antiimperialismo son América Latina y el Medio Oriente, pero en esta última lo que brota es un antiimperialismo de derecha: ¿qué pasó en América Latina?, ¿cómo renace aquí la lucha popular?, ¿por qué se fortaleció?

«Si bien el derrumbe de la URSS cerró un “escenario fértil”, en ese mismo momento —aunque de manera no tan perceptible—, se abre otro “escenario fértil” con características diferentes, como ya hemos señalado. La sustitución de la dominación por la hegemonía en América Latina, y la consecuente aparición de un nuevo escenario para las luchas populares no fue, como tampoco lo fue en la Europa Occidental del último tercio del siglo XIX, el resultado exclusivo de factores positivos o negativos, sino de una compleja interrelación de unos y otros. En mi opinión esos factores fueron cuatro, tres de carácter positivo y solo uno de carácter negativo, pero que tiene un gran peso.

»Los factores de signo positivo fueron: primero, el acumulado de las luchas populares libradas por los pueblos el transcurso del siglo XX, y en particular, durante la etapa abierta por el triunfo de la Revolución cubana, que si bien no lograron alcanzar los objetivos supremos que se habían planteado, forzaron la apertura de los espacios políticos legales que históricamente les fueron negados o burlados; segundo, el rechazo y la reacción de respuesta provocados por los crímenes de lesa humanidad cometidos a todo lo largo de la historia de dominación colonialista e imperialista en la región, entre ellos los perpetrados por las dictaduras militares de “seguridad nacional” que la asolaron entre 1964 y 1989; y tercero, la incorporación a la lucha política y electoral de sectores sociales antes marginados, ocurrida en virtud de la conciencia adquirida en el fragor de la lucha contra el neoliberalismo.

»El factor negativo consiste en que, a raíz del derrumbe de la URSS, el imperialismo norteamericano se sintió omnipotente. Con relación a América Latina, creyó que los días de la Revolución cubana estaban contados y que la lucha popular había sido sepultada, por lo que se apresuró a deshacerse de las dictaduras militares de Paraguay y Chile, las únicas que subsistían, y decidió sustituir la dominación dictatorial por la hegemonía neoliberal; en función de lo cual construyó todo un andamiaje supranacional de “defensa de la democracia”, basado en el supuesto de que no cabía esperar triunfos electorales de la izquierda en el ámbito de los gobiernos nacionales —no necesariamente en el ámbito de los gobiernos locales y las legislaturas nacionales, que servían de válvulas de escape y pruebas de la “buena voluntad democratizadora”—, dentro del esquema de democracia neoliberal implantado y consolidado en toda la región, con excepción de Cuba.

»Hace mucho que los clásicos fundamentaron por qué la democracia burguesa —y no la dictadura— es el mejor y más eficiente sistema para subyugar a los pueblos, así que no me extiendo en explicar los objetivos que perseguía el imperialismo norteamericano, primero, con el llamado proceso de democratización y, más tarde, con el diseño continental construido a partir de la adopción, por parte de la OEA, del Compromiso de Santiago con la Democracia y la subsecuente elaboración y aprobación de la Carta Democrática Interamericana. De esta política se deriva una camisa de fuerza supranacional que restringe la soberanía, la autodeterminación y la independencia de los Estados latinoamericanos, incluidos aquellos en los que la izquierda ejerce el gobierno.

»Al sopesar la interacción entre los factores positivos y el factor negativo que condicionan el escenario de las luchas populares en América Latina, cada cual puede ver la copa medio llena o medio vacía. Quienes vemos la copa medio llena somos los que reparamos no solo en los factores positivos, sino también en el hecho de que la sustitución de la dominación por la hegemonía se le fue de las manos al imperialismo norteamericano, y que ya hay una larga cadena de triunfos electorales de fuerzas progresistas y de izquierda que, si bien aún no demuestran ser la alternativa estratégica al capitalismo neoliberal —como muchas de ellas proclamaron a inicios de los años noventa—, sin duda alguna, no encajaban en los planes imperialistas.

»Por otra parte, quienes ven la copa medio vacía hacen mayor énfasis en las limitaciones estructurales y funcionales de esos gobiernos, y en el hecho de que ninguno de ellos ha delineado una proyección estratégica convincente. Repito que yo veo la copa medio llena y, para terminar de llenarla, lo que hay que hacer, como también dije antes, es construir una contrahegemonía popular».

HONDURAS: UN NUEVO TIPO DE GOLPE DE ESTADO

¿Cómo valora, dentro de este panorama, el golpe de Estado en Honduras, la lucha librada por el movimiento popular hondureño para el retorno del presidente Manuel Zelaya y el apoyo regional e internacional que esta causa recibe?

—Por supuesto que el imperialismo norteamericano nunca pretendió cesar su política de injerencia e intervención en América Latina. Lo que hizo la OEA fue crear un mecanismo para imponer “soluciones negociadas” que permitieran restablecer el orden constitucional dondequiera que este fuese interrumpido. Eso lo ensayaron a principios de los años noventa en Perú, Guatemala y Haití; en los dos primeros, a raíz de autogolpes de Estado: en Perú, “la OEA” le concedió a Fujimori un período de gracia en el cual hizo elegir una Asamblea Constituyente que lo relegitimó; en Guatemala sustituyeron al indeseado mandatario golpista por el Presidente del Congreso; y, en Haití “entretuvieron” al presidente Aristide en una negociación que duró meses, y lo restituyeron solo para que concluyera formalmente su mandato y le diera curso a la “sucesión constitucional”.

«Lo que ocurre en Honduras es prueba de lo que estamos hablando. Con diferentes modalidades, de acuerdo a cada situación nacional, se aplica una combinación de terrorismo mediático, desestabilización e intento de golpe.

»Eso mismo fue lo que se hizo, en el pasado reciente, contra Chávez en Venezuela y Evo en Bolivia. La gran diferencia es que en Venezuela el golpe fracasó y que en Bolivia se pudo evitar antes que ocurriera. Estamos hablando de un nuevo tipo de golpe de Estado, que no pretende que los militares asuman directamente el gobierno del país, sino que tiene a mano a un “civil” que de inmediato “pone la cara”, como hizo “Pedro el Breve” en Venezuela y como hace en estos momentos Micheletti en Honduras.

»No importa si ese golpe de Estado lo planearon y organizaron personas que en este preciso momento no ocupan cargos oficiales en el gobierno de los Estados Unidos. No importa si quienes lo hicieron trabajan en la actualidad en instituciones privadas. Es bien conocido el flujo y reflujo constante de líderes y funcionarios existente entre el gobierno, las empresas privadas, los grupos de lobby y los tanques pensantes que, en conjunto, no son otra cosa que tentáculos del imperialismo. Lo cierto es que el golpe de Estado en Honduras fue una acción del imperialismo, y que el papel que el imperialismo le asignó a la OEA en esta conspiración no es restablecer el statu quo democrático anterior al golpe, sino establecer otro nuevo statu quo “democrático” que, por supuesto, prescinda de Zelaya, como hubiera prescindido de Chávez y de Evo si les hubieran dado esa oportunidad».

UNA CUESTIÓN DE CONVICCIÓN, INTERÉS Y VOLUNTAD

Aun cuando el auge de movimientos sociales de la década de 1990 e incluso la nueva hornada de nuevos gobiernos de izquierda o progresistas de esta década, se interpretan como un “¡basta ya!” a las políticas neoliberales, advierte usted que en nuestro continente “La ideología hegemónica es el neoliberalismo”. ¿Considera que estas políticas neoliberales no han sido impactadas en lo más mínimo con los nuevos escenarios en América Latina? ¿Se mantiene intacto el neoliberalismo?

—Hay autores mexicanos que a la luz de la militarización del Estado y de la criminalización de la protesta social llevada a cabo por los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón, estiman que se produjo un quiebre de la hegemonía neoliberal y que hay un retorno a la dominación. Algo así podría decirse de Colombia y Perú, los otros dos regímenes de la región que resaltan por estar gobernados por la ultraderecha, dentro de la cual se ubica, por supuesto, el socialdemócrata Alan García. Sin embargo, yo mantengo el punto de vista de que la hegemonía neoliberal sigue siendo la prevaleciente, aunque con grietas y fisuras.

«Baste señalar a favor de esa hipótesis que parte importante de las fuerzas de izquierda, tanto de las que ejercen el gobierno, como de aquellas que se encuentran en la oposición, se someten a ella de hecho, y que en algunos casos lo hacen incluso de palabra. ¿Qué mejor indicador de vitalidad de la hegemonía neoliberal que ese?».

¿Por qué los gobiernos latinoamericanos de izquierda o progresistas mantienen esa política neoliberal heredada? ¿Qué les impide romper de una vez con esos mecanismos supranacionales de dominación?

—En general, a todos los nuevos gobiernos de izquierda y progresistas les resulta imposible romper a rajatabla con el neoliberalismo por una razón sencilla: al margen de si esa es o no su voluntad, y de si existen o no condiciones para ello, ninguno de ellos ha roto con el capitalismo y, en pocas palabras, el neoliberalismo es el capitalismo de nuestros días; es decir, no es una doctrina que, siendo uno capitalista, puede optar por aplicarla o no, sino una respuesta a la necesidad que tiene el sistema de producción capitalista de compensar su agotamiento y su senilidad por medio de la depredación del planeta, de la concentración extrema de la riqueza y de la exclusión social también extrema.

«Por ese motivo, todo el sistema de relaciones internacionales está concebido como camisa de fuerza para que ninguna oveja se le escape del rebaño, y para que si alguna intenta hacerlo tenga que enfrentar represalias. De manera que a mediano plazo todos estos procesos, más temprano que tarde, o se enrumban en una dirección anticapitalista y se integran entre sí para fortalecerse mutuamente, o perecen.

»En segundo lugar, ya en un plano más práctico, se encuentran todos los obstáculos que los primeros gobiernos neoliberales colocaron para que sus sucesores, fueran quienes fueran, no desmontaran el esquema. Por solo citar dos ejemplos, ¿cuáles serían las consecuencias de revertir la dolarización de la economía en Ecuador o en El Salvador, dos países hoy gobernados por fuerzas de izquierda y progresistas? ¿Cuál sería el costo para cualquier gobierno de izquierda o progresista de deshacerse de los compromisos onerosos adquiridos por sus predecesores con la Organización Mundial del Comercio? En este último caso, para deshacerse de ellos, si formalizan ahora la solicitud de separarse de esos acuerdos, tendrían que seguirlos cumpliendo durante quince años y, al final, estarían sujetos a penalidades y represalias.

»Y en tercer lugar, y esto es lo definitivo: pese a todo lo anterior, lo que prima en ciertos casos es la falta de convicción, interés y voluntad para transitar la senda de las reformas conducentes a la revolución. Ya le dije que, dentro de la izquierda latinoamericana, hay reformistas neoliberales y reformistas posliberales que llenan un expediente de buena conducta para que se les permita seguir ejerciendo el gobierno, mientras otros siguen ejerciendo el poder.

»Por eso insisto, una vez más, en la necesidad de construir una contrahegemonía popular capaz de inclinar la correlación de fuerzas a nuestro favor dentro del ámbito de toda la sociedad y, por supuesto, también dentro del ámbito de los partidos y movimientos políticos de la izquierda».

UN DEBATE ABIERTO

De acuerdo con lo que usted dice, los nuevos proyectos de izquierda y progresistas que se desarrollan en la actualidad en América Latina son muy diferentes al de Cuba, ¿cómo cataloga la relación que existe entre la Revolución cubana y esos procesos?

—Es una relación excelente, de conocimiento, comprensión, solidaridad y apoyo mutuos. Son procesos hermanos, pero con una gran diferencia de edad: hay décadas de por medio entre el momento del nacimiento de la Revolución cubana y los procesos de izquierda y progresistas que se desarrollan en la América Latina actual. Téngase en cuenta que Hugo Chávez, el primero de los gobernantes de izquierda de esta nueva época, tomó posesión a la presidencia de Venezuela en 1999, es decir, cuarenta años después del triunfo de la Revolución cubana.

«En el Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba, al hablar de los independentistas cubanos que lucharon contra la metrópoli española a partir de 1868, Fidel Castro dijo que ellos hoy hubieran sido como nosotros, y que nosotros entonces hubiéramos sido como ellos. En el caso que nos ocupa, creo que pudiera decirse algo análogo. Téngase en cuenta que hay características distintas, pero muchas similitudes, y que Cuba sigue desempeñando un papel de avanzada en todos los temas comunes que interesan, preocupan y ocupan a sus hermanos: las batallas contra el ALCA, los tratados de libre comercio, la guerra, la destrucción del medio ambiente; las batallas a favor de la integración de América Latina y el Caribe, de la defensa de la independencia, la soberanía y la autodeterminación; la defensa de la verdadera democracia y de los verdaderos derechos humanos; la ayuda internacionalista en los campos de la salud, la educación, el deporte y muchos otros».

¿A qué conclusiones llega cuando analiza el abanico de reflexiones sobre este debate que integra la antología? ¿Alguno o algunos de estos textos le provocó sorpresas, o los esperaba?

—La Colección Contexto Latinoamericano de la editorial Ocean Sur, en nombre de las cuales hablo al responder esta pregunta, no le teme al debate político e ideológico con el imperialismo, con la ultraderecha, con el centro o con la socialdemocracia derechizada de estos tiempos. Si eso es así, mucho menos puede temerle al debate con los compañeros y compañeras de diversas corrientes de la izquierda con quienes tenemos discrepancias, aunque sea en temas medulares como este. Ocean Sur es una editorial independiente con la cual colaboramos hombres y mujeres de diversas militancias de izquierda.

«La editorial promueve un debate abierto, no discriminatorio. Ocean Sur publica artículos, ensayos y libros que reflejan diferentes puntos de vista y, al hacerlo, confía en que la solidez de las convicciones y argumentos revolucionarios, socialistas, que por supuesto son los que priman en sus publicaciones, será la que prevalezca, con la fuerza moral adicional que le da el no haber ignorado o rehuido el debate.

»De manera que en esta antología hay puntos de vista que no comparto, pero que considero muy importante haberlos incluido en ella».


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