"Encontrar en la historia hombres extraordinarios que luchan juntos por ideales de justicia no es casual"

12 de Diciembre de 2013 | 

Palabras introductorias a la novedad editorial de Ocean Sur "Che y Fidel. Imágenes en la memoria"

Por Aleida March


Resulta difícil poder expresar en simples palabras, cuando uno guarda muy dentro –casi como un santuario–, lo más querido de estos dos hombres extraordinarios que me guiaron por los senderos misteriosos del saber. Pudiera parecer sencillo reflejarlo en imágenes, como pretendemos en este libro que tienen en sus manos –Che y Fidel. Imágenes en la memoria. Sin embargo, cada fotografía seleccionada es portadora  de un hecho o testimonio singular muy complejo de ceñir en breves líneas, porque reproducen por sí solas esa unión indisoluble que vibró entre ellos.


Antes de conocerlos, ¿qué sabía yo sobre la palabra mágica Revolución? Apenas como maestra algo que nos tocaba, como a distancia, sobre la revolución francesa, la independencia de las 13 colonias y, aun más lejana y misteriosa, la Revolución de Octubre. Por supuesto, un poco más cercana a nosotros, la lucha antiesclavista en Haití y, sin dudas, la revolución mexicana y su influencia en todo el continente latinoamericano.

 

Encontrar en la historia hombres extraordinarios que luchan juntos por ideales de justicia no es casual y existen ejemplos sorprendentes, tales como Carlos Marx y Federico Engels, Simón Bolívar y Antonio José de Sucre y Fidel y el Che, por solo citar algunos que nos tocan muy de cerca.

 

Sobre estos últimos versa este libro, devuelto en imágenes que pretenden recorrer etapas definitorias de sus vidas en común. Es imposible retrotraerse a los días de su primer encuentro en México sin acudir a documentos o a testimonios que ellos mismos emitieron en algún momento y que forman parte ya de la historia reciente. Por los sucesos acaecidos y lo que representan las imágenes seleccionadas, sentimos que se percibe como una oleada admirable de identidad y complicidad que nos llega, para suerte de todos.

 

De las reflexiones hechas por Fidel sobre esos primeros contactos, se aprecian los juicios que va haciendo de aquel joven –un poco aventurero–, que llegó hasta él por intermedio de su hermano Raúl y que, desde el primer día de ese encuentro, permanecerían unidos en la lucha, primero en Cuba y más tarde en el anhelo de alcanzar un mundo mejor con otros horizontes por delante. Sin dudas, eran dos soñadores favorecidos por conocimientos profundos y sedimentados, que me hace imaginar cuánto me hubiera gustado haber participado de esos primeros encuentros.

 

Sobre esos días quedan algunas imágenes de cuando fueron detenidos junto a un grupo de futuros expedicionarios, en la estación migratoria situada en Miguel Schultz, en el DF de México, a partir del 21 de junio de 1956, además de haber sido narrado por el propio Fidel, años más tarde: «…uno tiene la impresión de una presencia permanente del Che, por lo que simboliza, por su carácter, por su conducta, por sus principios. Era un gran número de cualidades realmente excepcionales. Yo lo conocía muy bien, muy bien desde que entré en contacto con él en México…».[i]

 

La similitud de sensaciones y cualidades son sintetizadas, también, por el Che en sus Pasajes de la guerra revolucionaria, cuando expresa: «Hubo quienes estuvieron en prisión cincuenta y siete días, contados uno a uno, con la amenaza perenne de la extradición sobre nuestras cabezas (somos testigos el comandante Calixto García y yo). Pero en ningún momento perdimos nuestra confianza personal en Fidel Castro. Y es que Fidel tuvo algunos gestos que, casi podríamos decir, comprometían su actitud revolucionaria en pro de la amistad. Recuerdo que le expuse específicamente mi caso: un extranjero, ilegal en México, con toda una serie de cargos encima. Le dije que no debía de manera alguna pararse por mí la revolución, y que podía dejarme; que yo comprendía la situación y que trataría de ir a pelear desde donde me lo mandaran y que el único esfuerzo debía hacerse para que me enviaran a un país cercano y no a la Argentina. También recuerdo la respuesta tajante de Fidel: “Yo no te abandono”. Y así fue, porque hubo que distraer tiempo y dinero preciosos para sacarnos de la cárcel mexicana. Esas actitudes personales de Fidel con la gente que aprecia son la clave del fanatismo que crea a su alrededor, donde se suma a una adhesión de principios…».[ii]


Después, le sigue la lucha en Cuba por nuestra verdadera independencia. El Che conocía nuestro país por Fidel y de esa manera se entrega todo para dar lo mejor de sí. Es el propio Fidel, con su genio político y estratégico, quien comprende mejor que nadie la valía de aquel joven de origen argentino pero cubano por convicción.

 

Al inicio se produjeron días de enfrentamiento terribles para los bisoños combatientes, entre los que se encuentran el combate de Alegría de Pío, donde muchos cayeron y otros fueron prisioneros, pero Fidel estaba vivo y seguiría guiando al resto, dispuesto a dar las batallas imprescindibles para alcanzar lo que el pueblo cubano esperaba con ansia, la definitiva libertad. Se van sumando campesinos y hombres de la ciudad, los que con el ejemplo de los primeros se nutre y se forma el Ejército Rebelde.

 

Es así, que la Sierra Maestra se convierte en la gran escuela de lucha, incluyendo el combate contra la corrupción, la traición y la cobardía de toda especie, en la que se decantan los hombres y va emergiendo lo más valioso. Muchos fueron las ocasiones en que Fidel y el Che tuvieron que intercambiar opiniones y quizás hasta una que otra discrepancia con relación a alguna táctica a seguir dentro de la estrategia que se perseguía. Existen documentos que confirman esa toma de decisiones sobre si se debía o no atacar una patrulla enemiga o mejor hacerlo a un cuartel, no solo por el número de armas a conseguir, sino también por la importancia o relevancia política del enfrentamiento.

 

En el Uvero se tiene un ejemplo de lo expresado. Para el Che significó un paso más en su madurez como combatiente y por qué no decirlo, como médico, por la confianza depositada cuando Fidel le ordena conducir a los heridos, curarlos y, lo más importante, defenderlos del ataque enemigo. Sabía Fidel que ya podía confiar plenamente en aquel hombre que había conocido un tiempo atrás.

 

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[i] Fidel Castro, Che en la memoria de Fidel Castro, editorial Ocean Sur, Cuba, p. 156.

[ii] Ernesto Che Guevara, Pasajes de la guerra  revolucionaria, Editorial Ocean Sur, Cuba, p. 146.



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