María del Carmen Ariet, Roberto Regalado y Sonia Almazán, durante la presentación de las antologías de Ocean Sur

Dos antologías que llenan un vacío teórico prolongado y lacerante

18 de Octubre de 2010 | 

A propósito de la presentación de las antologías Bolcheviques en el poder y Filosofía y Revolución en los años sesenta —ambas editadas por Ocean Sur (2010)— en la mañana de este martes 19 de octubre en la sede habanera de la OSPAAAL


por Roberto Regalado

Las antologías Bolcheviques en el poder y Filosofía y Revolución en los años sesenta, la primera, compilada y prologada por Sonia Almazán y Jacinto Valdés Dapena, y, la segunda, por María del Carmen Ariet y el propio Jacinto, ambas recién publicadas por la editorial Ocean Sur, son dos obras que vienen a llenar un vacío teórico prolongado y lacerante.

A doce años de que el mapa político regional comenzara a redibujarse con la victoria de Hugo Chávez Frías en la elección presidencial venezolana de diciembre de 1998, es común hablar de gobiernos de izquierda en América Latina, una condición que por muchos años fue un patrimonio casi exclusivo de la Revolución Cubana, compartida durante períodos acotados con la Unidad Popular en Chile (1970 1973), el Movimiento de la Nueva Joya en Granada (1979 1983) y el Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua (1979-1990).

La expresión gobiernos de izquierda es la que con más frecuencia se utiliza para designar a las coaliciones políticas integradas por fuerzas de izquierda, centroizquierda, centro y, en algunos casos, incluso de centroderecha, que en los últimos años desplazaron del poder ejecutivo, en más de una docena de países latinoamericanos, a los partidos que habían llevado el peso —y, por lo tanto, cargaban con los costos políticos— de la reestructuración neoliberal.

Como es lógico, entre la izquierda que despunta en los albores del siglo XXI y la de épocas anteriores, hay similitudes y diferencias. La contribución principal que hacen Bolcheviques en el poder y Filosofía y revolución en los años sesenta, antologías complementarias cuya lectura sugerimos hacer en conjunto, emana de que ambas apuntan a una similitud y una diferencia muy peculiares entre el pasado y el presente.

La similitud consiste en que, como ocurrió de manera periódica durante los siglos XIX y XX, el inicio de una nueva etapa histórica obliga a la izquierda a concebir nuevos proyectos estratégicos. La diferencia radica en que, tanto las corrientes revolucionarias como las corrientes reformistas del movimiento socialista nacido en el siglo XIX, habían elaborado y debatido durante mucho tiempo sus respectivos proyectos estratégicos antes de que la Revolución Bolchevique en Rusia (1917) y la elección del gobierno laborista de Ramsay McDonald en Gran Bretaña (1924), llevaran al gobierno, por primera vez, a representantes de una y otra, mientras que la izquierda latinoamericana actual llegó al gobierno antes de elaborar y consensuar los suyos.

Ni el paradigma revolucionario construido a partir de la Revolución de Octubre, ni el paradigma reformista socialdemócrata erigido en un grupo de naciones de Europa Occidental, pasaron la prueba del tiempo: el primero se derrumbó junto con la Unión Soviética por la agudización de sus propias contradicciones internas, y el segundo, ya muy resquebrajado por la renuncia paulatina a sus principios fundacionales, acabó de colapsar cuando la socialdemocracia europea asumió como propia la doctrina neoliberal, es decir, cuando consumó el acto supremo de renuncia a todo vestigio de reforma social progresista, incluidos el desmontaje y la reversión de la que había promovido en el pasado.

Además del fracaso de los principales paradigmas de izquierda del siglo XX, la escalada del imperialismo al peldaño de concentración transnacional del poder político y económico —que dificulta aún más la tarea de desarrollar procesos liberadores nacionales aislados—, y el desplazamiento del centro dinámico de producción teórica y política de izquierda desde Europa hacia América Latina, resaltan entre los rasgos de la nueva etapa histórica que explican por qué la izquierda latinoamericana llega al gobierno antes de descifrar la clave para dar el salto de la reforma social progresista a la transformación social revolucionaria, sin el cual, más temprano que tarde, quedaría atrapada en el mismo círculo vicioso de reciclaje de un capitalismo concentrador y excluyente en el que quedó la socialdemocracia europea.

El desfase en el desarrollo de nuevos paradigmas emancipatorios es un aspecto del problema que hoy enfrenta la izquierda latinoamericana, quizás el más justificado. El otro son las omisiones en las que se incurre en su proceso de construcción: ¿es posible concebir proyectos estratégicos de izquierda para el siglo XXI, sin conocer lo positivo y lo negativo, y también sin distinguir lo obsoleto de lo vigente, de los proyectos estratégicos del siglo XX? No lo es pero, en buena medida, así ha ocurrido.

Ello obedece, primero, a que una generación de militantes de izquierda, de todas y cada una de las corrientes ideológicas comprendidas en esa definición, unos por el derrumbe de la Unión Soviética y otros porque éste no derivó en la resurrección socialista sobre nuevas bases que ellos esperaban, contempló impávida el colapso de los cuerpos de teóricos que creían consagrados; y, segundo, porque la nueva generación no ha tenido suficiente acceso a esos cuerpos teóricos para decodificarlos y reinterpretarlos a la luz del presente.

¿Cuántos jóvenes —y ya no tan jóvenes— latinoamericanos de izquierda han participado en forma pasiva, e incluso activa, en las últimas dos décadas, en debates sobre la URSS y el socialismo sin haber leído siquiera un trabajo de Lenin? ¿Y cuántos lo han hecho sin haber leído un trabajo de Stalin o Trotski? ¿Y cuántos lo han hecho sin haber oído mencionar a Bujarin, Preobajenski, Lunacharski, Kollontai, Krupskaya u otros bolcheviques?

¿Cuántos jóvenes —y ya no tan jóvenes— latinoamericanos de izquierda han participado en forma pasiva, e incluso activa, en las últimas dos décadas, en debates sobre las contradicciones acumuladas que provocaron el desplome de la URSS, sobre el capitalismo y el imperialismo de posguerra, sobre cuánto y cómo ha cambiado el mundo después que Marx, Engels y Lenin formularon las estrategias y tácticas revolucionarias acordes a sus respectivos momentos históricos, sobre el imperialismo, el colonialismo, el neocolonialismo del siglo XX y otros temas de importancia y actualidad sin siquiera conocer a Marcuse, Althusser, Sarte, Colleti, Nicolaus, Mandel, Dos Santos, Gunder Frank, Fanon, Deutscher, Poulantzas o Carmichael?

Al decir de Hobsbawn, el siglo XX fue un siglo «corto», que se inició con la Revolución de Octubre de 1917 y terminó con la implosión de la URSS en diciembre de 1991. Dos momentos cruciales de la producción teórica de este siglo que fue corto, pero también intenso y fecundo, se ubican, el primero, entre su segunda y tercera décadas, cuando los bolcheviques formulan y debaten las ideas fundamentales sobre partido, Estado, socialismo, política, economía, cultura, educación y otros temas que sientan las bases del paradigma soviético; y el segundo, durante la década de 1960, cuando las ya evidentes contradicciones acumuladas por el capitalismo desarrollado y por el socialismo entonces conocido, junto al creciente protagonismo de un pujante Tercer Mundo, desarrollaron vocaciones y talentos hasta hoy no igualados en la política y las ciencias sociales desde diversas perspectivas de izquierda.

¿Cómo suplir esos vacíos, esas carencias, esas omisiones en la educación y formación de las nuevas generaciones de la izquierda? ¿Dónde encontrar una selección accesible, sintética y representativa de ese acervo del pensamiento emancipador que resulta tan urgente y necesario? Facilitar esta aproximación es el mérito principal de las antologías Bolcheviques en el poder y Filosofía y revolución en los años sesenta.

«El Estado y la Revolución», «El marxismo y la insurrección» y otros textos de Vladimir Ilich Lenin, considerado el primero entre iguales —como nos lo recuerdan los compiladores en su prólogo—, constituye la columna vertebral de Bolcheviques en el poder. Son tantos los aportes que hizo Lenin al pensamiento revolucionario universal que resulta imposible mencionarlos en estas líneas, pero sí es imprescindible decir que, en sus condiciones histórico concretas, él supo resolver dos problemas que en la actualidad también requieren solución: primero, cómo construir una fuerza política capaz de unir y movilizar a los explotados para conquistar el poder; segundo, cómo estructurar, organizar y ejercer ese poder después de conquistado.

Al plantear así la cuestión, partimos de que la nueva izquierda latinoamericana ejerce el gobierno pero no el poder, y que la consolidación y desarrollo de la fuerza política revolucionaria y la conquista del poder son tareas pendientes de completar.

Es bien conocido que las soluciones dadas por los bolcheviques a esos problemas teóricos no son aplicables hoy. Incluso ellos las concibieron como fórmulas transitorias dictadas por la necesidad histórica. En ese sentido, como los lectores de Bolcheviques en el poder podrán apreciar, León Trotski afirmaba que «la dictadura del proletariado no es la organización económica y cultural de una nueva sociedad, sino un régimen militar revolucionario en lucha para instaurar esa organización», y unas líneas más adelante hablaba de «los veinte, treinta o cincuenta años que exigirá la revolución proletaria mundial…»,[1] palabras que reflejan su visión del futuro a principios de los años veinte y los plazos en que imaginaba se llegaría a él.

Quienes conozcan reencontrarán y quienes desconozcan descubrirán, en esta antología, la visión de José Stalin sobre el leninismo, su caracterización de la dictadura del proletariado, su argumentación de por qué la dictadura del proletariado no era la dictadura del partido y otros temas de gran interés.

En el artículo «La ley de acumulación socialista originaria», escrito por Eugenio Preobajenski hace casi un siglo, los lectores de Bolcheviques en el poder descubrirán pistas que ayudan a entender las contradicciones económicas que, sumadas a otras de naturaleza política, contribuyeron a la implosión de la URSS. Con palabras del propio Preobajenski:

 

Durante ese período [de acumulación socialista originaria], el sistema socialista no es todavía capaz de desarrollar todas las ventajas que le son orgánicamente propias, pero al mismo tiempo hace desaparecer inevitablemente una serie de ventajas económicas propias del sistema capitalista evolucionado. Recorrer rápidamente este período, alcanzar lo más pronto el momento en que el sistema socialista desarrollará todas sus ventajas naturales sobre el capitalismo, es una cuestión de vida o muerte para el Estado socialista.[2]

 

Como último botón de muestra, solo añadiremos que «El día de la mujer» y «El comunismo y la familia», de Alejandra Kollontai, serán sorprendentes para quienes crean que la Revolución Bolchevique careció de un enfoque de género.

En esencia, esta antología contiene una valiosa y útil selección de textos de los bolcheviques Vladimir Ilich Lenin, José Stalin, León Trotski, Nicolás Bujarin, Eugenio Preobrajenski, Anatoli Lunacharski, Alejandra Kollontai y Nadiezhda Krupskaya, a los que se añaden los del estadounidense John Reed y el belga Víctor Serge. Como explican los compiladores de este volumen:

 

El propósito de Bolcheviques en el poder apunta a presentar, a partir de textos representativos e imprescindibles de importantes protagonistas, aspectos fundamentales que permiten acceder a los fundamentos teóricos del bolchevismo en sus diferentes manifestaciones: la política, la economía, la sociedad, la cultura, la educación, la transición socialista.

[…]

A principios del siglo XXI volver a su obra, reexaminarla, no es un mero ejercicio de pensar. Es reconocer la enorme contribución que hicieron a la cultura, a la teoría social y a la filosofía política del socialismo y del marxismo. Sus enfoques teóricos, la experiencia de la propia Revolución bolchevique nos compulsa a repensar nuestro siglo y el valor de la teoría revolucionaria que ellos elaboraron, en las condiciones del mundo de hoy.[3]

 

Si revelador es leer hoy a los bolcheviques para conocer sus pensamientos, sus sueños y sus expectativas, y hacer un balance crítico bien informado de lo que sucedió y lo que no sucedió cuando esos pensamientos, sueños y expectativas se enfrentaron a la inapelable prueba de la práctica, igualmente lo es leer a la generación de los años sesenta, pues con ella se cierra un ciclo intermedio de la historia del siglo XX, hecho que la convierte en testigo excepcionalmente bien ubicado, para «mirar hacia atrás» y para atisbar a las contradicciones que dos décadas más tarde provocarían el colapso del orden mundial de posguerra.

En los años sesenta es cuando se comienzan a percibir con total nitidez los cambios que la Segunda Guerra Mundial provocó en el mapa político del planeta, que quedó dividido en un «primer», un «segundo» y un «tercer» mundos. En el centro del Primer Mundo, en los Estados Unidos, la aparición de problemas, sujetos y luchas sociales que no encajaban en los estereotipos del conflicto Este Oeste, resquebrajaba el totalitarismo macartista que esa gran potencia había impuesto dentro y fuera de sus fronteras desde el estallido de la guerra fría (1946). El movimiento por los derechos civiles de los negros, el movimiento contra la Guerra de Viet Nam, el movimiento estudiantil y de la contracultura, entrelazados entre sí por la participación simultanea en ellos de cientos de miles de personas y por el rechazo a la alienación, el individualismo, el consumismo, la intolerancia y otros males del capitalismo desarrollado, alcanzaron niveles sin precedentes de movilización y protesta, y fomentaron nuevas perspectivas de género, raza, sexualidad, ambientalismo, solidaridad con las luchas del Tercer Mundo y otras que, a partir de entonces, ocupan crecientes espacios en las agendas y los programas de la izquierda.

La rebelión estudiantil ocurrida en Francia en mayo de 1968 es el más emblemático acontecimiento demostrativo de que esa nueva izquierda brotaba también en los países Europa occidental donde el llamado Estado de bienestar alcanzaba su clímax, pero no brotaba sobre la base de la agudización de las contradicciones de clase entre la burguesía y el proletariado, del modo en que Marx y Engels habían planteado a mediados del siglo XIX, y que la dirección soviética mantuvo estática como premisa de su concepción del mundo.

Concluida la etapa estalinista y la reconstrucción de posguerra, la URSS presentaba cartas de gran potencia mundial con la colocación en órbita del Sputnik (1957) y el viaje al cosmos de Yuri Gagarin (1968), hechos que indican un elevado desarrollo económico y científico técnico, y develan la capacidad de construir cohetes intercontinentales portadores de las armas nucleares que esa nación producía desde 1949, lo que llevaba al imperialismo a combinar la escalada del elemento ideológico de la guerra fría con el inicio de pasos para frenar la carrera armamentista.

Sin embargo, las intervenciones militares de la URSS en Hungría (1956) y Checoslovaquia (1968), el conflicto chino soviético y el surgimiento del eurocomunismo en el occidente del «viejo continente», demostraban que, no obstante su desarrollo militar, el Segundo Mundo estaba aquejado por crecientes contradicciones económicas y políticas, que no concordaban con las expectativas de Marx, Engels y Lenin sobre el proceso de construcción socialista.

En la segunda posguerra del siglo XX, el vórtice de la revolución social se desplaza al Tercer Mundo, donde en China, Corea y Vietnam, la revolución anticolonialista era también de carácter socialista, mientras que en Cuba, poco más de dos años después de su victoria, la revolución antineocolonialista que allí triunfa develó esa misma identidad. En la cresta de la ola de las luchas de liberación nacional en Asia y África, y de las luchas revolucionarias en América Latina, los años sesenta son fecundos en la producción política y teórica sobre esos —entonces novedosos— desarrollos.

Ni lo ocurrido en el primer, el segundo ni el tercer mundo encajaba con el pretendido desarrollo de la teoría marxista que emanaba de la URSS, lo que llevó a una parte de la intelectualidad antisistémica a arremeter en contra del marxismo, y a otra, a la más valiosa, a releer a los clásicos para a aplicar su instrumental teórico a los procesos económicos, políticos, sociales y culturales posteriores a la Primera Guerra Mundial.

Como afirman en su prólogo los compiladores de Filosofía y revolución en los años sesenta:

 

Las décadas que atraviesan los años sesenta y setenta del pasado siglo han sido calificadas como una época de revolución por la magnitud de los procesos y hechos ocurridos, de ahí la importancia que tiene conocer y profundizar su dimensión y contenido desde un nuevo mileno más complejo y turbulento que los precedentes. Esas razones, nada simples por cierto, son las que han motivado la publicación de la antología que se pone en manos del lector —especialmente para los jóvenes que no la vivieron y que apenas la conocen—, con el propósito esencial de retomar un conjunto de análisis y de postulados teóricos a través de sus pensadores más sobresalientes, los que por su connotación y validez ponen de manifiesto la radicalidad y la renovación crítica de corrientes que conformaban estructuras de pensamientos que debatían sobre el orden social imperante y que dan paso a un nuevo escenario intelectual, básicamente desde la izquierda, que se planteaba fundamentar presupuestos teóricos y una praxis revolucionaria que respondiera a los desafíos intelectuales y políticos de la época.

 

Filosofía y revolución en los años sesenta consta de cuatro partes: Filosofía, Economía, Tercer Mundo y Problemas de nuestro tiempo, dos útiles secciones, una de Notas y otra de Autores.

En Filosofía, el lector encontrará emblemáticos textos de Marta Harnecker, Adam Schaff, Herbert Marcuse, Louis Althusser, Régis Debray, Jean Paul Sartre, Theodor Adorno, Lucio Colleti, Martin Nicolaus, Fernando Martínez Heredia y André Gorz. En Economía, se aproximará a la obra de Esnest Mandel, Theotonio dos Santos, Paul Baran y Paul Sweesy, y Harry Madgoff. En Tercer Mundo, conocerá el pensamiento de Edwin Lieuwen, Tomás Amadeo Vasconi, Andre Gunder Frank, Frantz Fanon, Charles Wright Mills, Alfredo Guevara, Roberto Fernández Retamar, Ho Chi Minh, Ernesto Che Guevara y Fidel Castro Ruz. Y, en Problemas de nuestro tiempo, se familiarizará con William Jenner, Isaac Deutscher, Carlos Monsiváis, Nicos Poulantzas, Stokely Carmichael y Rossana Rossanda.

Sonia Almazán, María del Carmen Ariet y Jacinto Valdés Dapena merecen toda nuestra gratitud por poner sus conocimientos científicos en función de las necesidades de nuestros tiempos, mediante la compilación de estas antologías que, por iniciativa de Ocean Sur, son accesibles a los lectores.

La Habana, octubre de 2010

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Notas:

1. León Trotski: «Cultura proletaria y arte proletario», Bolcheviques en el poder, Sonia Almazán y Jacinto Valdés Dapena (compiladores), Ocean Sur, México D.F., p. 156.

2. Eugenio Preobajenski: «La ley de acumulación socialista originaria», ibídem, p. 273.

3. Sonia Almazán y Jacinto Valdés Dapena: «Prólogo», ibídem, p. XI.

4. María del Carmen Ariet y Jacinto Valdés Dapena: «Introducción», Filosofía y revolución en los años sesenta, Ocean Sur, México D.F., 2010, pp. IX y X.

 

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PENSAR SOBRE FILOSOFÍA Y REVOLUCIÓN EN UN NUEVO MILENIO

por María del Carmen Ariet

Una vez más, Ocean Sur y la OSPAAAL nos convocan para la presentación de dos títulos que sin dudas nos obligan a meditar sobre el conocimiento, la reflexión y la polémica. Ocean Sur, por su vocación intrínseca y su compromiso de publicar obras relevantes del pensamiento de izquierda de todos los tiempos y latitudes, lo que la articula sin cuestionamientos de ningún tipo con la OSPAAAL, por ser ese objetivo una parte principal de su esencia fundacional.

Agradecer a Regalado por haber logrado una síntesis doble que permite entre otras cosas liberamos de explicar detalles y particularidades y poder, más sintéticamente si cabe, exponer algunas ideas básicas que distingue el cuerpo conceptual y temático de Filosofía y Revolución en los años sesenta.

Varias pudieran ser las preguntas a hacerse, entre las cuales cabrían el por qué de la necesidad de publicar un libro que se remite a los aparentes lejanos años 60 y 70 y qué objetivos se persiguen con la selección que les presentamos.

Lo primero que quisiera expresar es que no es, para nada, una añoranza de los que como nosotros formamos parte de esa generación, sin descartar sus remembranzas. Múltiples miradas de la época coinciden en calificarla de convulsa, polémica, transformadora y transgresora a la vez que contradictoria, lo que bastaría para que fuera denominada como una época de revolución aun cuando no se haya alcanzado finalmente.

En Cuba, en esos años, a la par de sentimos inmersos en un proceso verdaderamente radical y revolucionario, nunca faltó la adecuada percepción, el análisis y la sensación de ser parte de los cambios trascendentales que ocurrían en el mundo, lo que unido a las vivencias propias se intentó siempre que se conociera la producción intelectual más avanzada que existía de la izquierda en el mundo; ¿quién de nosotros no recuerda las ediciones R, Venceremos, Pensamiento Crítico y la colección Polémica, por mencionar algunas de las más distintivas y que hoy asombran a muchos cuando las estudian y valoran el afán de la Revolución Cubana por contribuir a una formación múltiple, especialmente para los jóvenes?

Es cierto que muchos de esas producciones y sueños no lograron alcanzarse, pero se debe ser consciente que después de esos años el mundo no ha sido igual, para bien o para mal.

Esa especie de renacimiento de nuevo tipo que irrumpe, se produce en escenarios y con actores no usuales en pequeña y gran escalas, algunos intentando acabar con la barbarie capitalista, cuestionándose los paradigmas tradicionales desde la derecha y también desde la izquierda, porque de lo que se trataba era de cuestionarse, de cambiar, de crear y/o de recrear y provocar una ruptura en todos los planos y niveles, desde la academia anquilosada, obligando a las Ciencias Sociales a emplear técnicas y métodos novedosos de estudio, de disciplinas como la antropología y la etnología, promotoras del conocimiento de nuevas culturas e influencias a partir del descubrimiento o redescubrimiento de un mundo nuevo que se le llamó tercero, para algunos sin relevancia o con ironía, pero para otros inmenso y sugestivo al tomar como referente sus procesos de descolonización y de nuevas fuerzas que trascendían.

Y qué decir de fuerzas pujantes que apostaban por un mundo cambiante y radical como la propia Revolución Cubana, la revolución argelina, la lucha en Viet Nam y otras que por su carácter obligaban a replantearse métodos y estilos en las luchas revolucionarias; bastaría enumerar, entre otras, la Primavera de Praga, la revolución cultural china, los movimientos estudiantiles surgidos sobre todo desde el llamado primer mundo intentando una ruptura extrema o a veces simplista, pero siempre estremecedora y asombrosa, al punto que recién al cumplirse el 40 aniversario de esos acontecimientos, la derecha de siempre prefirió culparla de mucho de los males actuales por irracional y extremista, sin querer apreciar lo mucho que se le deba a una generación que dio su vida por alcanzar un mundo más justo.

Ni qué decir de la reevaluación del marxismo desde la crítica al modelo soviético dogmático y autoritario, la polémica con los partidos comunistas tradicionales que representaban en su mayoría al “socialismo real”, desde el cuestionamiento al uso que se hacía de la teoría marxista al negarle su valor como auténtica teoría revolucionaria. Ello permitió rescatar toda una historia común de lucha presente desde el siglo XIX, medir los avatares que se han cruzado en su devenir y su enorme alcance como totalidad orgánica y a su vez inacabada, que se cuestiona y re interpreta a sí misma en la praxis revolucionaria.

Es en esta época que se reexaminaron los antecedentes históricos del marxismo y que dieron lugar a su surgimiento y a la relación con otros anteriores y posteriores como la Comuna de París, los Soviets, la revolución espartarquista, por citar algunos.

Se introducen en este escenario, además, los estudios y el reencuentro con un grupo de marxistas “olvidados” como Rosa Luxemburgo, Trotski y Gramsci, dentro de los más referenciados. Se suma la valoración esencial de figuras revolucionarias que emergieron desde el Tercer Mundo, como Ho Chi Minh, Franz Fanon, Che Guevara y Fidel Castro.

Quisiera expresarle mi convencimiento de que estamos en presencia de un libro polémico como lo fue su época, por lo que se tuvo que apelar a una división temática y especializada que pudiera cuestionarse, por lo complejo que siempre resulta presentar el contenido y las fronteras de las Ciencias Sociales. Sin embargo, el estudio desde el presente y desde las enormes disyuntivas actuales nos acerca para todos los tiempos a aquellas pintadas de la época llenas de osadía y deseos incontenibles de cambio, recordemos:

¡El poder tiene el poder! ¡Atácalo!

O,

¡Seamos realistas, soñemos lo imposible!

 

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MÁS ALLÁ DE UN MERO EJERCICIO DE PENSAR

por Sonia Almazán

A pesar de que existen infinidad de libros que hablan, sobre todo de Lenin y de Trotski, “los hombres de la revolución de Octubre”, los bolcheviques, siguen siendo en gran medida poco conocidos.

No se trata de “antologar” a uno de ellos, quizás el de nuestra más cercana preferencia o publicarlos por separado. Eso estaría bien, pero lo que nos movió a concebir este libro fue el haber sentido la necesidad de poner en las manos de los que piensan y sueñan, de los que trabajan por un mundo mejor, a los hombres, que con sus virtudes y defectos, hicieron la primera revolución proletaria, los que inspirados en una filosofía, el marxismo, lo aplicaron de manera creadora teniendo en cuenta sus condiciones específicas a partir de una praxis revolucionaria que la convierte en referente obligado para el estudio y comprensión de las revoluciones del siglo XX.

Esta pléyade de revolucionarios, muchos de ellos —en realidad, prácticamente todos— perfectamente desconocidos en las esferas políticas de la Europa de fines del siglo XIX y principios del XX, se conjugan para dar un valioso aporte a la cultura, la economía, la teoría social y la filosofía política que después de haber tomado el cielo por asalto y tener que enfrentar en condiciones adversas la contrarrevolución interna y el asedio externo, amén de las concepciones reformistas, revisionistas y ortodoxas, hacen posible el triunfo revolucionario en la compleja realidad rusa donde convivían las modernas tecnologías de las fábricas Putilo de Petrogrado con las formas de propiedad agraria más atrasadas.

El propósito de Los bolcheviques en el poder apunta a presentar, a partir de textos representativos e imprescindibles de importantes protagonistas, aspectos fundamentales que permiten acceder a los fundamentos teóricos del bolchevismo en sus diferentes manifestaciones: la política, la economía, la sociedad, la cultura, la educación, la transición socialista.

En definitiva, se trata de exponer los rasgos esenciales de los bolcheviques, en especial de los que desplegaron una actividad junto a Lenin en la organización de la insurrección que condujo al triunfo revolucionario; los que apoyaron los postulados de las Tesis de abril de 1917, de llevar a cabo la Revolución ininterrumpida, strictu sensu, hacer socialista la Revolución rusa.

En los trabajos aquí presentes, se distingue con claridad la filosofía de los que acompañaron a Lenin en el pleno ejercicio de un pensamiento independiente y creador dirigido a sentar las bases del socialismo que brotaba de la atrasada Rusia de los zares.

No debe omitirse aquí la inclusión de las crónicas, de elevada significación histórica, que aparecen reflejadas en los trabajos de John Reed y Victor Sergue y que reflejan la atmósfera revolucionaria prevaleciente en el período desde las perspectivas de testigos excepcionales.

En los trabajos de Lenin, Trotski, Stalin, Bujarin, Preobazhenski, Alejandra Kollontai, N. Krupskaia, Lunacharski, se formula, con una profunda originalidad, la significación de la Revolución de Octubre de 1917.

Después de la Revolución rusa de 1917, llevada a cabo por los bolcheviques en el poder, el panorama político europeo y mundial se modificaría y su impacto abarcaría no sólo a los países capitalistas desarrollados sino también a los países coloniales.

Los bolcheviques, en su quehacer político, aportaron al movimiento revolucionario del siglo XX concepciones y análisis, experiencias y enseñanzas derivadas de los logros alcanzados y los errores cometidos.

A principios del siglo XXI volver a su obra, reexaminarla, no es un mero ejercicio de pensar. Es reconocer la enorme contribución que hicieron a la cultura, a la teoría social y la filosofía política del socialismo y del marxismo. Sus enfoques teóricos, la experiencia de la propia Revolución bolchevique nos compulsa a repensar nuestro siglo y el valor de la teoría revolucionaria que ellos elaboraron, en las condiciones del mundo de hoy.



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