América Latina escenario de la confrontación entre el bloque nuestroamericano-indígena-popular y el imperialismo

América Latina, entre la emancipación y la dominación

10 de Junio de 2010 | 

América Latina es escenario del tercer momento de confrontación entre el insurgente bloque nuestroamericano-indígena-popular y el imperialismo, antes europeo, ahora con cabeza estadounidense


por Hugo Moldiz

 

Al cerrarse este año la celebración del bicentenario del grito libertario en América Latina, un dato político de extraordinario valor histórico se perfila en el presente de lucha y resistencia. “Nuestra América” tiene la condición de posibilidad de alcanzar su plena y definitiva emancipación. Pero quizá no solo tenga la condición de posibilidad para alcanzar su emancipación, sino que no tenga otra alternativa para salvarse a sí misma y, a partir de ahí, aportar a salvar a la especie humana y al propio planeta de la voracidad del capitalismo.

Pero, aunque parezca contradictorio —porque contradictoria será la realidad mientras no se eliminen las causas estructurales de la polarización societal, dentro y fuera de las configuraciones estatales—, el imperialismo también se halla trabajando intensamente para construir condiciones de posibilidad para derrotar a las fuerzas insurgentes y restablecer su dominio y hegemonía en el continente.

La Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra[1], en la que los pueblos tejieron una intersubjetividad que muestra el estado de rebelión frente a las diversas caras del imperialismo, se ha encargado de poner de manifiesto la necesidad y la urgencia de cambiar radicalmente el sinsentido que el capitalismo —como una forma nociva de organizar la vida— le ha dado al mundo. La sentencia es irrebatible: “La humanidad está frente a una gran disyuntiva: continuar por el camino del capitalismo, la depredación y la muerte, o emprender el camino de la armonía con la naturaleza y el respeto a la vida”[2].

Como nunca antes, esta parte del mundo en la que capitalismo y colonialismo han sido consustanciales a partir del siglo XVI, es escenario de abierta confrontación entre fuerza sociales que apuestan a la superación de todo tipo de enajenación y fuerzas conservadoras que apuestan a la reconstitución de su hegemonía. Las primeras están siendo empujadas por clases subalternas, movimientos sociales y de ciudadanos, ya sea desde el llano o mediante gobiernos con distintos grados de radicalidad. Las segundas involucran a sectores altamente conservadores que han buscado refugio temporal en una administración estadounidense que busca cubrir el verdadero rostro del imperio. En las primeras se produce y reproduce la cultura de la vida, en las segundas se huele a muerte. Hay una crisis civilizatoria del capital y existe en marcha un proyecto civilizatorio alternativo que, construido desde distintas perspectivas[3], apunta a la superación de las relaciones de producción capitalistas que han separado al hombre de la naturaleza y al productor de los medios de producción.

Está claro que la emancipación de la que se está hablando tiene directa relación con la resolución de la contradicción no resuelta entre el capital y el trabajo, cuyos antecedentes en el continente hay que rastrearlos en la primera mitad del siglo XV, cuando el Abya Yala, el nombre originario de “Nuestra América”, vio bruscamente interrumpida su historia por la invasión europea. Esta parte del mundo posibilitó, con ese hecho, el ingreso de Europa a la modernidad y la transición acelerada del mercantilismo a las relaciones capitalistas de producción. Es el momento en el cual el capital encontró su dimensión universal[4].

Dos lecturas del bicentenario

Esta lucha contra el capital, que está encontrando, como no puede ser de otra manera, manifestaciones crueles y altamente explosivas en varios países “nuestroamericanos” como Venezuela —donde en abril de 2002 fracasó el golpe de Estado contra el presidente Hugo Chávez—, Bolivia —donde en agosto y septiembre de 2008 se ha ensayado un intento de separatismo al estilo de lo sucedido en la ex Yugoslavia—, Ecuador y Nicaragua, que también han sido víctimas de la conspiración y subversión estadounidense, conduce a dos maneras de interpretar la conmemoración del Bicentenario.

La primera, a celebrar sin ninguna visión crítica una parte rica de la historia de América Latina y a legitimar la historia oficial con la que la invasión de Abya Yala representaba el “encuentro” de dos mundos. Esta tesis, como habrá que recordar, fue ampliamente difundida en 1992 cuando las clases dominantes del continente y España quisieron neutralizar las voces de protesta indígena escuchadas en varios países.

Pero no fue solo la defensa de España la que alentó esa lectura no popular ni nuestroamericana de la historia —lo que ciertamente implicaba una suerte de reafirmación de las clases dominantes que siempre se han asumido como no indígenas—, sino de aquel imperialismo al que el libertador Simón Bolívar y José Martí identificaron como el peligro para el destino de los pueblos de nuestro continente. Con la lectura enajenada de la invasión, la cual cierto pensamiento progresista no ha combatido con fuerza, las clases dominantes han buscado, durante dos siglos, encubrir su naturaleza oligárquica y altamente dependiente del imperialismo estadounidense que al menos dos décadas antes de terminar el siglo XIX tomó el control del continente, con la sola resistencia de las clases subalternas y algunas fracciones burguesas en las que se había logrado instalar una conciencia nacional americana[5].

La segunda lectura del Bicentenario adquiere más bien una proyección revolucionaria. Un seguimiento a los actos preparados en Bolivia, Ecuador y Venezuela, que junto a Cuba constituyen el eje de la rebelión antiimperialista y latinoamericanista del siglo XXI, pero también de lo ocurrido en Argentina y otros países, permite constatar la existencia de un sentimiento de rebeldía muy fuerte.

En Bolivia el presidente Evo Morales, el primer jefe de Estado indígena de Bolivia y América Latina, rompió toda asimilación colonizada de la historia boliviana y del continente para reivindicar el papel de los pueblos originarios en las luchas independentistas: “la chispa la encendieron los indígenas”.[6] No cabe duda de que el presidente boliviano cuestionaba de esa manera la historia oficial y a los historiadores aristócratas, como los llamó cuando borrararon de sus textos el papel anticolonialista que los pueblos aymara y quechua desempeñaron en esas resistencias.

Pero si hay algo que merece subrayarse en esta segunda lectura del Bicentenario desde una perspectiva del bloque nuestroamericano-indígena-popular[7], es la introducción del concepto de vida que se expande con fuerza en Nuestra América, significando la apuesta por una “alternativa de desarrollo” radicalmente distinta a las hasta hoy conocidas.

Los tres momentos

Dando por descontado que la historia no tiene un desarrollo lineal ni mecánico, sino que está llena de accidentes, avances y retrocesos, y empleando más la idea de proceso que de acto, en la historia emancipadora de los pueblos del Abya Yala o de Nuestra América se pueden definir tres momentos importantes.

El primer momento se libró por los pueblos indígenas en su intento de expulsar al invasor del Abya Yala —el nombre originario de este continente que reunía y unía al mismo tiempo al águila del norte y el cóndor del sur—. De ahí que no sea un insulto a la historia, sino todo lo contrario: una interpelación a la memoria colectiva, el homenaje que el presidente boliviano Evo Morales le rindió a las rebeliones indígenas de 1780 y 1781 con Tupac Katari y Tupac Amaru a la cabeza[8].

En este primer momento de resistencia emancipadora, los pueblos indígenas del Abya Yala desarrollaron resistencias militares y simbólicas. Solo en el siglo XVIII se contabilizan más de 140 sublevaciones en la región andina, además de las producidas en el siglo XVI, para intentar derrotar al invasor europeo que con la espada y la biblia eran portadores de una civilización moderna que basaba su reproducción en la obtención del lucro. Y para eso desarrollaron todas las formas de control del trabajo —en la que la mita y la encomienda se presentan como dos instituciones fundamentales— y de saqueo de los recursos mineralógicos —oro y plata— y naturales —azúcar, tabaco, algodón y otros—, entre los más importantes.

A la enajenación humana y de la naturaleza, la colonización de esta parte del continente agregó métodos de enajenación política, a través de la sustitución de las formas de organización política de los pueblos originarios por otras basadas en virreinatos y la enajenación religiosa que sentó las bases de una hegemonía ideológica que dividió pueblos y simbólicamente edificó la idea de la invencibilidad de los invasores y de la necesidad de civilizar a los indios.

El segundo momento emancipador ha sido el librado por personajes como Francisco de Miranda, Simón Bolívar, Hidalgo y Morelos, O Higgins, José Martí y otros. Cada cual, en su tiempo y a su manera, construyeron una propuesta de unidad latinoamericana, de construcción de la Patria Grande y de denuncia permanente del peligro que Estados Unidos representaba para el mundo.

Varias fueron las causas que determinaron los gritos independentistas en América Latina y el Caribe: la independencia de las colonias inglesas en Norteamérica, la revolución francesa y las reformas borbónicas, además de la constatación de los criollos y mestizos de la limitación que tenían sus privilegios mientras, como señala Galeano, “los españoles tenían la vaca pero eran otros quienes bebían la leche”[9]. Para la mayor parte de los descendientes directos e indirectos de la colonia, no fueron el indio ni los negros sometidos lo que estimuló su rebeldía ante la metrópoli.

En este segundo momento de la ola emancipatoria, la resistencia indígena, a la que se debe sumar el triunfo de la revolución negra en Haití en 1804, tuvo momentos de articulación y tensión con los protagonistas de las guerras de la independencia. El debate dentro de las filas criollas y mestizas, del que los indígenas estaban excluidos, giraba principalmente en torno a un nuevo tipo de desarrollo comercial con Europa o la apuesta a un desarrollo económico de características más endógenas. El común denominador de ambas variables de propuestas de desarrollo era la continuidad de la lógica extractivista y de saqueo de los recursos renovables y no de esta parte del continente.

Solo hombres como Miranda, Bolívar y Martí, por citar a los más importantes, miraban más allá de los intereses de la clase a la que pertenecían. Los tres estaban interesados en terminar con la servidumbre del indio y la esclavitud del negro a partir de su incorporación a la sociedad en calidad de ciudadanos, por lo tanto con derechos.

Este tercer momento de la ola emancipatoria de los pueblos se desarrolla en un contexto en que el capitalismo encuentra dificultades para resolver su crisis.

La crisis del capitalismo podría sintetizarse en el agotamiento de la forma de producir, en el agotamiento de la forma de distribuir y en el agotamiento de la forma de vivir. Estamos, por tanto, a pesar de la liberalización de las fuerzas productivas con las que se resolvió una crisis cíclica del capital que liquidó la posibilidad de una revolución en las décadas de los 60 y 70, en un momento histórico en que parece inevitable el choque entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas.

Otro factor favorable para el desarrollo de la tercera ola emancipatoria de “Nuestra América” es que Estados Unidos está pasando por una aguda crisis de hegemonía. La presencia omnipotente de Estados Unidos durante más de dos siglos se enfrenta a una voluntad colectiva de búsqueda de esa conciencia latinoamericanista de la cual hablaban Francisco de Miranda y otros próceres independentistas y mártires revolucionarios.

La Doctrina Monroe y el sistema interamericano que Estados Unidos impuso y construyó, respectivamente, en el imaginario colectivo de América Latina, está viviendo una franca agonía. De nada han servido iniciativas como la Cumbre de las Américas (de Miami en 1994 a Trinidad y Tobago en 2009), el control de la OEA —calificada en 1962 por el ministro cubano Raul Roa como el Ministerio de Colonias de los Estados Unidos—, la propuesta del ALCA y luego de los TLC.

El paradigma que está siendo cuestionado es el capitalismo y, como es obvio, el concepto de desarrollo que encierra ese sistema en el que la centralidad del capital es lo fundamental. Frente a ese tipo de desarrollo, desde Nuestra América se está construyendo una diversidad de respuestas que, para mejor comprensión, las podemos clasificar en tres: el socialismo, el Vivir Bien o el Buen Vivir y la construcción de un capitalismo latinoamericano. De las tres, las dos primeras se presentan como alternativas paradigmáticas.

El paradigma del socialismo —como tronco común— ha sido reivindicado en diferentes grados por los gobiernos y los pueblos de Venezuela, Bolivia y Ecuador, aunque cada cual lo hizo atendiendo a las especificidades de su formación social históricamente determinada. Venezuela y Ecuador hacen referencia al socialismo del siglo XXI y Bolivia al socialismo comunitario. Obviamente Cuba se convierte en una referencia histórica y moral de lo que se debe hacer o no en las condicionales actuales.

El paradigma del Vivir Bien o Buen Vivir, que en realidad implica vivir a plenitud, ha sido incorporado en los textos constitucionales de Bolivia y Ecuador. El eje central de ese paradigma es la naturaleza y no pocos intelectuales indígenas y autoridades del gobierno boliviano la presentan como diferencia con el socialismo y el capitalismo.

Y la tercera respuesta que emerge en América Latina es la de una urgente necesidad de alcanzar un mayor nivel de autonomía frente a Estados Unidos y Europa por la vía de construir un capitalismo latinoamericano que tenga, como lógica consecuencia, un sujeto protagónico a través de una burguesía latinoamericana y de Estados soberanos. Esta respuesta es alentada con distintos tonos desde Brasil, Argentina y Uruguay.

Ahora bien, aunque en medio de tensiones y contradicciones, en América Latina se está produciendo una convergencia, un diálogo, todavía insuficiente, entre los dos paradigmas alternativos al capitalismo, y entre ambos con la respuesta que apunta al capitalismo latinoamericano. Y es quizá ese rasgo lo que explica la enorme sinergia con la cual se han movido los países miembros del ALBA, que se identifican con el socialismo como horizonte, y países con peso gravitante en la región como Brasil y Argentina, más inclinados a la ilusión del capitalismo autónomo frente al imperio. De ahí que tampoco sea una sorpresa el diálogo fluido entre el ALBA y UNASUR, así como la cumbre de Cancún de febrero de 2010, cuando se sentaron las bases para la constitución de la comunidad de Estados latinoamericanos y caribeños.

Pero, como se ha señalado al principio, el imperialismo no está muerto. El exitoso golpe en Honduras contra el presidente Manuel Zelaya, los acuerdos con el gobierno colombiano de Álvaro Uribe para ampliar de dos a nueve las bases militares estadounidenses durante diez años, el convenio con el gobierno de Panamá para reinstalar cuatro bases militares, la ocupación de Haití con más de 10.000 soldados aprovechando el terremoto y la movilización de tropas a la frontera con México constituyen pruebas contundentes.

Por lo demás, la contraofensiva de Estados Unidos está construyendo condiciones favorables desde la política para su expansión a partir de la victoria electoral en Chile y su apoyo en Brasil a José Serra —un representante de la burguesía paulista— que aspira a ganar a Dilma Rousseff, del Partido de los Trabajadores de Ignacio Lula. Para el siguiente año Argentina está en la mira.

En síntesis, América Latina se ha convertido en un escenario de disputa entre las fuerzas emancipadoras y el imperio que, como dijo Fidel Castro, jamás nunca conoció la humanidad.

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Notas:


1. La conferencia mundial fue celebrada en el municipio de Tiquipaya, en el departamento central de Cochabamba, Bolivia, del 20 al 24 de abril.

2. Así reza una de las conclusiones aprobadas en la Conferencia por la Tierra.

3. Nuestra América es escenario común de distintos proyectos políticos que aspiran a construir una sociedad poscapitalista. En Venezuela le llaman Socialismo del siglo XXI, En Ecuador igual, aunque con el añadido del Buen Vivir y en Bolivia socialismo comunitario o Vivir Bien.

4. Desde el Manifiesto Comunista de Marx y Engels y Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano hasta aportes últimos de Enrique Dussel podemos apreciar que la invasión del continente americano fue la llave de paso que le permitió al mercantilismo un tránsito acelerado al capitalismo.

5. El politólogo cubano Roberto Regalado afirma que con la formación de esa conciencia nacional americana se produce el desarrollo de una ideología nacionalista que va acelerando las luchas por la independencia.

6. El líder indígena hizo esa aseveración el 25 de mayo de 2009, en la localidad de El Villar, en el sureño departamento de Chuquisaca, donde un año antes las fuerzas derechistas y sus bandas paramilitares obligaron a más de una decena de campesinos a desnudarse y ponerse de rodillas para recibir golpes con látigos y palos como en tiempos de la colonia.

7. Entenderemos por Bloque nuestroamericano-indígena-popular al sujeto revolucionario que alentado por las condiciones del siglo XXI se va construyendo, a fuerza de necesidad histórica, para avanzar en la perspectiva de la emancipación plena.

8. El 22 de enero de 2006, al momento de juramentar como presidente de Bolivia, Evo Morales rindió homenaje a Tupac Katari y al Che a manera de rendir un homenaje colectivo a los hombres y mujeres que dieron su vida en la lucha por la emancipación.

9. En Las venas abiertas de América Latina el escritor uruguayo describe las motivaciones que impulsaron a la mayor parte de los criollos y mestizos a romper con la colonia.



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